El verano de mi frustración

Cuando me creía muy segura de mí misma y, habiendo aceptado que yo no pertenecería al mundo Pinterest, justo en ese momento llegó el verano, un verano repleto de plenitud y de felicidad pixelada. Y volví a caer rendida antes esas imágenes idílicas, ahora de piscina y playa, de madres delgadas que, con mojito en una mano y libro en la otra, controlaban a sus hijos con una mirada, mientras estos jugaban en santa paz. Creí por un micro segundo que podía aspirar a ser una madre de esas, pero el verano del 17 me jodió el plan. Mea culpa. Me tropecé con la misma piedra.

Pero en fin, asumí que sería el verano de nuestras vidas, irradiando felicidad y acumulando momentos Kodak. Con esa inocencia comencé las seis semanas de vacaciones  que estipula el calendario escolar de mi país y Cronopio y yo nos dimos de lleno a veranear. Para romper un poco con la dinámica escolar, decidimos no inscribirlo en un curso de verano y es que en la ciudad donde vivo hay más cursos que perros. Estaba a punto de decidirme por una ludoteca súper chula que me queda cerca de casa. Mandé un mensaje pidiendo informes y me contestaron con un “Hola Hermosa” ¿Hermosa? Suficiente para mandarlos al carájo. Sin darle tantas vueltas nos decidimos por un curso intensivo de natación en donde Cronopio logró medalla de oro (las envidiosas dirán que no es oro, pero por mis cojones que es oro).

Supondrán que mi pequeño hijo tuvo que dar una batalla campal para subirse al podio más alto, pues no, batalla la mía en la sala de espera rodeada de madres anormales, madres egoístas, madres boxeadoras, madres guardaespaldas, madres entrenadoras, madres que creen que su amor  y devoción por sus hijos es más grande y más respetable que la de cualquiera de las otras cien madres ahí presentes. Entonces como su amor y devoción es más grande, merecen pasar por encima de las demás, atropellándonos para ganar primera fila en los ventanales que daban a la piscina y para dejar apartadas  todas las sillas con sus 43 bultos, maletas, bolsos, bolsitos.

A esta penuria hay que agregarle que el nadador, ajeno a esta tensión, llegaba acompañado de sus abuelas.  A éstas no me les acercaba, ni les plantaba cara, ni hacía a un lado sus cosas; me daban miedito. Pocas cosas paralizan tanto como una abuela enardecida, una abuela fervorosa de sus nietos; basta con verles las pupilas alteradas, como si acabaran de salir de la fiesta rave de su vida. Pasé de las abuelas y me concentré en defender mis 20 cm cubicos que me correspondían en el suelo.

Resumiendo, me pasé el curso de verano viendo nalgas, viendo culos y, como este país tenemos medalla de oro en obesidad a nivel mundial, pasé un verano viendo culos gordos; si me ponía de cuclillas a la altura de sus rodillas, podía ver, al fondo, a mi hijo. Decidí asumir con relativa normalidad este asunto y aprovechar el tiempo para leer. Y aquí es cuando recuperé la confianza en la humanidad y descubrí qué hay otro tipo de madres. En la sala de espera éramos solo dos madres con libro en mano y justo cuando me iba a sentar en el suelo para leer con algo de comodidad, una me llamó para ofrecerme el lugar que  tenía reservado para mí. Las semanas siguientes nos acompañamos en un silencio cómplice, cada una tratando de concentrarse en su lectura, haciendo un esfuerzo de concentración digno de monje tibetano: madres y abuelas a la par, sin pizca de recato, cual cronistas deportivos, nos mantenían informadas, a base de gritos, de los avances de sus retoños, como si las demás estuvieramos deseosas de enterarnos, o quizá, muertas de envidia sabiendo que el próximo Phelps no dormía en nuestra casa. Y así al infinito, hasta que llegó la premiacion y yo, que soy desaliñada y ando por la vida en chanclas, justo ese día me puse los zapatos mas monos que tengo. Pues me jodí: a la premiacion se entraba con chanclas y yo fui la última en enterarme y no me quedó de otra más que seguir viéndole el culo/nalgas a todas las de chanclas, hasta que volví a recuperar la confianza en las madres, cuando se me acercó una diciéndome que ella tampoco traía chanclas pero el coordinador de la piscina le había dado permiso de entrar descalza y si yo quería, podría entrar con ella.

Y como estaba decidida a pasar el verano de nuestras vidas, al terminar la natación nos íbamos a un parque súper chulo a pasar la tarde, a hacer picnic, hasta que después de unos días nos hartamos y nos íbamos directo a casa y llegábamos Cronopio y yo borrachos de sol; entre tanta borrachera ni nos dimos cuenta de que el verano de nuestras vidas se estaba llendo al carájo. Con 30 grados y un sol intenso no daba ganas de poner un pie en la calle y nos hartamos de pelis piratas. Y cuando acabamos las pelis nos dimos al Netflix, mientras manteníamos una rigurosa dieta de queso y galletas en todas sus presentaciones. Pocas veces cociné pero de verdad, no tenía ganas de hacer nada, ni de comer, ni de seguir la dieta que llevo desde hace meses.

En ese espasmo estaba yo, tratando de disfrutar de la banalidad cuando se me aparece en Facebook el más reciente estudio de la Universidad de Harvard que dice que los niños que pasan mucho tiempo viendo tele o películas, tendrán serios problemas de desarrollo y serán anormales para el resto de su vida y la vida de sus hijos. Y ya me imaginaba yo a mis nueve nietos viviendo en nuestra casa (lo de los nueve nietos en nuestra casa es idea de Cronopio) y todos ellos anormales. Y me empecé a preocupar, coño, que es la Universidad de Harvard la que dice eso, por algo lo dirán.

Entonces me di a las manualidades siguiendo unas ideas súper chulas que otras madres estaban compartiendo. Y otra vez caí. Inocente yo, fui súper emocionada a comprar el material y más tiempo tardé yo en hacer la pendejadita de turno, que lo que duró Cronopio jugando con ella. Fracaso total. La emoción nos duró menos que un suspiro y pasó al olvido al instante; que ya lo había dicho Carlos Marx y no la Universidad de Harvard, que decía que todo lo sólido se desvanece en el aire, pero decidí hacerme la moderna y pasar de largo de él. Y así mismo fue, como lo (pre)dijo el cabrón de Marx,  la sólida ilusión de mi DIY se desvaneció en el aire, y aunque acumulé envases de plástico y mangueras para mi próximo proyecto al estilo CuCu Mama, para entonces el calor, el cansancio y el aburrimiento me hicieron darme por vencida y seguir ahí en el sofá, acumulando hartazgo veraniego, el niño al Netflix y la madre al Facebook.

Y justo ahí cuando madre e hijo hacíamos surcos en el sofá me llegó vía Facebook otro estudio de la Universidad de Harvard: dice la ciencia que si tu hijo te ve demasiado tiempo en el móvil, que si le prestas más atención a tus redes sociales que a tu hijo, le vas a crear problemas de autoestima y que no te sorprendas si mañana se vuelve delincuente y será delincuente porque tú te la pasas tuiteando y repartiendo likes mientras tú pobre hijo está criándose con la madre de Peppa Pig que, con la rabia acumulada que tiene contra Papa Pig, no es ningún modelo de crianza.

Era el verano de nuestro aburrimiento y empezaba a ser el verano de mi encabronamiento pensando en todos los recursos que, supuestamente, las universidades destinan a joderle la vida a las madres, sobre todo a las madres que trabajamos o que estamos empeñadas en llevar a cabo nuestro proyecto personal.

Fue un verano de mucho calor y más calor en casa porque mi casa estaba a 180 grados horneando a tope, trabajando y con un niño en casa; y desde la ventana de mi horno parecía que todo mundo se divertía a tope, incluyendo a los científicos de Harvard, que seguro no han pasado un verano completo con un niño pequeño. Y es que a veces nos hacen sentir que los padres tenemos la obligación de tener entretenidos a nuestros hijos y si, hay una oferta grande de lugares chulos a donde llevarlos, pero ¿qué cartera aguanta tanto verano intenso? Entonces diganme señores científicos, cómo me organizo el verano de tal forma que el niño se divierta alejado de mierdas electrónicas, mientras yo trabajo? Y es que conociendo la clase de investigaciones que supuestamente ustedes hacen, seguro que dirán que los hijos de madres que no se desarrollan profesionalmente, seran unos inadaptados en lo laboral. Y aquí fue donde empecé a enloquecer un poco y me puse a hablar conmigo misma, porque me urgía hablar con un adulto y tener conversaciones de adulto. Y a falta de adultos, Twitter.

Y es que el próximo verano, no me daré al Twitter sino a la ginebra mientras, con la otra mano despido a mi hijo que se irá al curso de verano en esa ludoteca chula, aquella donde las madres somos hermosas.

(Mi verano en fotos: la medalla de Oro de 48.3 kilates que Cronopio ganó  a pulso; nalgas, culos, pompas, derries, posaderas, todas ellas de madres mas listas y rápidas que yo y mi DIY que duró un suspiro).
 

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Mis 7 razones para NO ir a terapia psicológica 

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Nacer de nuevo, Remedios Varo, México, 1960

Leyendo a Mamá Rebelde sobre la importancia de que como padres acudamos a terapia, me vino a la cabeza una serie de ideas a modo de secundar su post para, de alguna forma, ayudar a quitar el estigma que puede pesar sobre recurrir al apoyo psicológico y psiquiátrico. Yo misma, lo confieso, caí en terror cuando me dieron un pase directo al hospital psiquiátrico,  pues días antes me burlaba abiertamente de que a Juana La Loca (distinguido personaje de mi árbol genealógico) la hayan mandando al psiquiatra en carácter de ur-gen-te. De eso ya hace muchos años, años que me han enseñado que tener un problema psiquiátrico o psicológico esalgo tan normal como tener tiroides y acudir al especialista.

Desde entonces  no tengo reparo en decir que yo acudo a terapia; cuando mi suegra y yo estábamos en medio de los preparativos para la boda mencioné lo de mi terapia y lo dije como parte de mi cotidianidad. Su reacción fue un poema: “nosotras, mis hermanas y yo, somos mujeres muy fuertes que no necesitamos ir a terapia“; estaba claro: yo era una mujer débil. No le dije nada, que apenas nos estábamos conociendo y ya habría tiempo  para enseñarnos las miserias, pero con saber que ella me consideraba una mujer débil tenía suficiente.

Por desgracia, la idea que tiene mi suegra es más común de lo que creemos. Se puede suponer que la gente que  acudimos a terapia no tenemos la capacidad para resolver nuestros problemas y necesitamos que alguien venga de decirnos qué hacer.  Creo, como mi suegra, que no todos tienen ni pueden ir a terapia; hacer este ejercicio de introspección y auto análisis de forma metódica y periódica requiere tener los cojones para sentarte y, de forma honesta, hablar de todo aquello que prefieres ocultar. Ir a terapia es un acto de amor y honestidad  con uno mismo que requiere mucha fortaleza y, efectivamente, no cualquiera se sienta frente al terapeuta, para qué,  ¿acaso tú , forever alone, no tienes amigas para irte a tomar un café y que sean ellas las que te aconsejen?

A pesar de mis años en terapia, les quiero compartir  mis razones para NO  ir a terapia.

1.Descubres mierda donde antes creías que había buen rollo

Antes de ir a terapia pensaba que tenía la familia más simpática que alguien podría imaginar. Las fiestas familiares eran todo  alegría. Después de varias sesiones hablando de lo bromistas que éramos mis tías, primas y yo misma, me sorpendi muchísimo al descubrir  a una familia que sólo sabe relacionarse a través de un discurso  pasivo~agresivo. Cuando mi psiquiatra mencionó en una sola frase las palabras familia, agresión, violencia verbal, pasivo, agresivo, fue como tener una revelación, como si mi vida entera se hubiera iluminando dándole un giro de 180 grados. Desde entonces aprendí a vivir y a convivir de formas más sanas, pero eso sí,  perdí una familia entera. A ésta no le gustaba que yo ya no les celebrara los chistecitos y, de manera paulatina, dejé de participar en sus rutinas, en sus fiestas y me convertí en objeto de sus burlas, pero para ese entonces yo estaba física y emocionalmente lejos de ellos.

2. Aprendes a poner límites y te vuelves impopular 

Como dije en el punto anterior, me volví la apestada de la familia. Si hay algo que continuamente te molesta de alguien cercano a tí y le pides de mil formas que no lo haga, no esperes que te aplaudan, a menos que el otro tenga suficiente madurez emocional como para aceptar los límites. Poner limites es el principio de amor a uno mismo pero es difícil que uno o los demás los sepamos asimilar. Si no quieres ser tachada de anormal, neurótica, grosera, delicada, ultra borde y apestada, mejor no vayas a terapia porque ahí vas a aprender a poner límites. Poner límites ya sea a una misma o a los demás, debería ser considerado un deporte de alto riesgo o, por lo menos, tener cobertura por parte de los seguros médicos. Prueba ponerle límites a tu madre o a tu suegra y comprobarás que es un proceso mucho más intenso que pasar 100 días en casa del Gran Hermano.

3. Te verás obligada a salir de tu espacio de confort y eso, querida, requiere de un trabajo inmenso

Moverse, cambiar, ¿para qué? O lo que es lo mismo: más vale conocido que bueno por conocer. Para que te arriesgas a cambiar tus patrones de conducta, mejor sigue cultivando los que aprendiste desde pequeña, porque en terapia, invariablemente, los cuestionaras y ya sabes que cuando cuestionas, te metes en más líos. Para qué conocer a un chico lindo y bueno, a saber qué oculte, mejor sigue con ese patrón de pareja que no sabes ni cómo ni cuándo construiste, pero vaya, que es tuyo, es tu patrón y como es algo tuyo, lo defenderás como una leona y te vas por lo seguro, conociendo a los mismos cabrones de siempre con diferente cara y después podrás decir que no tienes suerte, que el cabron de turno es el que te tocó, que te lo asignó el destino.

4. Te quedarás sin excusas

Que si, que del destino nadie escapa, que ya todo está escrito. Si vas a terapia corres el grave riesgo de dejar de culpar al destino, a la vida, a Dios, a tu madre, a tu signo zodiacal, de todo lo que te pasa o no te pasa y empezaras a asumir responsabilidades y eso es muy complicado. Es más fácil ir por la vida haciéndose la boba, la víctima, decir que tú no sabías nada, que actuaste inocentemente; la terapia implica que te hagas cargo de ti y eso, querida, puede ser agotador.

5. Se te activará un mierdometro interno que no dejará espacio al disfrute

Cuando descubres  la mierda de la que has procurado rodearte y te movilizas para no cometer el mismo error, invariablemente se activará  tu mierdometro interno. Si antes veías amor en las escenas de celos incontrolables de tu esposo; si antes creías que esa amiga tuya que se pasaba la vida jodiendote sólo por tu propio bien, después de terapia ya no podrás estar como si nada con aquellas personas con las que aparentemente la pasabas de puta madre. Para eso está el mierdometro; al principio es incontrolable, se pasa todo el día mandandore señales y créeme, no da lugar al disfrute. Con el tiempo, cuando aprendes a diferenciar lo que es amor de la agresión disfrazada, tu mierdometro irá con mas calma, pero que lo sepas… tu mierdometro interno puede hacer tu vida un agobio.

6. No te podrás ocultar ni de ti misma

Va, que por fin te has decidido ir a terapia porque esa relación con tu vecina se está saliendo de control. Llegas a terapia y descubres que no es la vecina el origen del problema, sino algo más profundo; ella es sólo la metáfora  de ese dolor antiguo  que traes cargando muy oculto dentro de ti. Y es que hace mucho años decidiste ocultar ese dolor, encerrarlo en tu alma y perder la llave, y no te das cuenta pero ese dolor, esa cicatriz no cerrada es lo que en verdad te tiene mal y aún así lo niegas, no te atreves a aceptarlo, como  negarias ese flujo verdoso que dejas en las bragas para concentrarte en el catarro que no te da respiro. Y así llegas a terapia,  hablando  del catarro, de esos mocos persistentes y te aferras a ellos, pero el mismo proceso terapéutico te lleva hacia un rincón, sin lugar para huir, e indefectiblemente terminas, pese a tu dolor, hablando  de tus irritantes flujos vaginales, por que sabes que son estos los que te provocan ese dolor que se anida en tu pecho.

7. Ir a terapia no es un vuelo directo a La Felicidad (con mayúsculas)

La terapia por sí sola no trae felicidad; por el contrario, necesitarás ser lo suficientemente honesto contigo mismo como para sentarte a hablar y analizar todos los fantasmas y demonios que viven dentro de ti. La terapia es un camino empedrado que se bifurca. Y habrá ocasiones en que salgas de tu sesión de terapia más jodida de cómo entraste porque tu terapeuta, de la mano de tu pájaro del alma, abrirán esos cajones que creías cerrados para siempre y te harán revivir el recuerdo nefasto de ese tío que todo mundo creía tan simpático, tan buena gente y que tú, solo  tú, que cuando eras niña te quedaste a solas con él,  lo llevas cargando como un lastre muy pesado.

Y pese a ello, a estas siete razones y muchas más, les puedo decir que acudir a terapia ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido porque me ha permitido reinventarme las veces que ha sido necesario. De un año a la fecha acudo a una terapia cognitivo conductual que me ha enseñado, entre otras cosas, a reconocerme ante mi misma; he podido indentificar las rutinas de mis día a día que me acercan a conductas depresivas y  estoy aprendiendo a callar  a esa voz interna que me dice insistentemente que no merezco lo bueno que sucede en mi vida. Como dije, la terapia es un camino que se bifurca y aún me queda mucho por aprender, pero por difícil que sea, el mayor beneficio que ha traído consigo es poder dormir tranquilamente porque no tengo deudas  conmigo misma.

Y ustedes…. se atreven a ir a terapia psicológica?

Que tengan un día a toda madre, Laura

2016, un año lleno de absurdos (de cómo me he sentido la peor madre del año)

Que no he muerto, aunque por ahí anden diciendo todo lo contrario; para que quede constancia de ello, aquí les dejo mi personalísimo recuento de cómo me fue este año, en lo que se refiere a cuestiones relacionadas con la maternidad.

En resumidas cuentas me he sentido un poco mierda pensando que entre más crece mi hijo,  yo encuentro nuevas formas de irla cagando como madre. Siempre siento que nunca hago lo suficiente y aunque día a día  intento crear mi propio modelo de maternidad, este siempre se ve contaminado cuando convivo con tanta madre súper poderosa (aquellas que parecen gestionarlo todo a la perfección, las que no se vuelven locas ni pierden la paciencia,cuyos hijos no hacen berrinches ni cuestionan su autoridad en público, y todo esto lo hacen subidas en tremendos tacones, luciendo pelazo). Ante esto, yo sólo  me quedo con cara de what, en el mejor de los casos. La mayor parte de las veces me cuestiono terriblemente sobre lo que estoy haciendo mal, respecto a mi y respecto a Cronopio y tengo días en que siento que la cago en absolutamente en todo y entro en pánico buscando respuestas en Google a preguntas del tipo “qué hacer si mi hijo no me hace absolutamente ni puto caso”; “consejos fáciles para que los hijos recojan los juguetes a la primera”; “como mantener la paciencia si mi hijo reclama mi atención total cada dos minutos y medio” y así, googleando hasta la náusea.

Ivanka reluciente y perfecta como muchas madres que van al colé de Cronopio.

Típica foto de una madre típica que después de hacer la limpieza de la casa, concilia trabajo y maternidad, al mismo tiempo de que luce pelazo, ropa perfectamente planchada y el bebe no está ni meao, ni cagado. Aclaración: la de la foto no soy yo, es Ivanka Trum

Aquí les dejo mis peores momentos como madre en el 2016:

De cuando otros me confirman mi estupidez.

Dos horas en el parque y 2 kilos de tierra encima no son suficientes para Cronopio. Él siempre querrá más.  No hay forma de explicarle que nos tenemos que ir. El camino a casa se hace entre berrinches, lloros y dramas. Cronopio encabronadisimo porque no consigue nada a cambio solo atina a gritarme “estúpida”. Para ser sincera, yo quería decirle que si, que era muy estúpida al pasarme las horas en fiestas infantiles soportando a madres odiosas y todo para que él se diviertiera; si, súper estúpida porque no logró bajar ni 5 kilos; súper estúpida porque aunque me esfuerce no logro verme ni tan guapa ni tan arreglada como esas madres súper star que Cronopio ve a la salía del cole.Y si, estúpida por qué no logro aprender a conducir, también como esas madres del cole, que llegan a recoger a sus criaturas en una todo terreno. Y así de pesada y larga como la Cuaresma estaba a punto de lanzarme con Cronopio.  Tuvo consecuencias, como cero televisión y caramelos pero yo me quede con mi corazoncito de madre un poco roto solo por ese día.

De cuando grito y me sale un espejo con la imagen de mi madre.

Desde el embarazo tenía pavor de ser una madre  como la mía y amar a mi hijo con la misma baja intensidad con la que mi madre me ha amado;  ya sé que esto ha sonado tan dramático que hasta escucharon violines de fondo, pero aclaro: superé este episodio cuando sentí como mis ojos se llenaban de amor cada vez que miraba a mi hijo. Sin embargo, tengo mis momentos en que grito y derramo histeria como lo hacía mi madre. Y eso me dolió. Me dolía que cada que ella abría la boca, ladraba. Y me duele aún más seguir ese camino; por ello,  he hecho el compromiso conmigo misma  de no gritar ni ladrar a mi hijo solo por 24 horas.

 De cuando soy madre trabajadora y yo soy la última en enterarme

Tuvo que venir La Fabulosa K,  guía de Cronopio, a decirme que seguro navidades es una época pesada para mí por todo el trabajo que tengo con las galletas y pasteles; que las  madres que trabajan no tiene porque arrastrar culpas, que todo lo hacen por el bienestar familiar. Pues si, no me había dado cuenta de que soy madre de familia, llevo la casa y acabo de echar a andar un negocio casero de pasteles y galletas personalizadas. Lo que me dijo la guía de Cronopio fue como una revelación, de verdad, así de absurda puedo ser. Desde entonces cambié el chip: ya no soy la señora que hace galletas monas, ahora soy la CEO  de Hornear, Comer, Amar.

Cuando te sabes mediocre y el mundo te confirma que eres más que eso.  

Ya la llevas mal con los gritos, los berrinches, el poco control que tienes sobre la criatura a pedar de que estás convencida de que poner límites a tiempo es lo mejor. Me sentía lo suficentemente jodida cuando en ese instante llegó una invitación del colegio para asistir a una clase muestra para que los  padres veamos cómo trabajan nuestros hijos bajo la pedagogía Montessori. Cronopio, que es un torbellino en casa, es encantador bajo la mirada de su guía. Hace todo pasó a paso, con un orden y pulcritud que ya la quisieran las Infantas Leonor y Sofía, entonces ¿porqué carajos en casa avienta todo al suelo? Mi respuesta fue que yo soy una mala influencia para Cronopio, no pude evitar decirme esto de golpe, aunque ahora con el tiempo no dramatizo mucho esta experiencia y, por el contrario, estoy tan orgullosa de que mi chico se comporte tan bien en el cole.

 

De cuando todos demuestran en público lo buen rollo que son como padres y se ponen en cuclillas a la menor provocación

Maldito Principe William que puso de moda lo que muchos  sabíamos: agáchate para hablarle a tu hijo y así crearas empatía. Yo todo el día ando como bragas de puta: de arriba para abajo y me duele el coxis y la ciática y todo lo demás. Cronopio habla hasta por los codos lo que equivale que yo me tendria que agachar cada dos minutos y mis músculos no están para esos detalles  Montessori. Así que si no tengo donde sentarme para estar a la altura de mi hijo, me invento la empatía desde mi 1.60 de estatura.

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Kate en cuclillas, creando empatía y de paso para que le quede claro a George que está sacando de quicio a su pobre madre

Y para ser justa conmigo misma, tengo que reconocer que también tuve mis cosas buenas como madre. Me dio mucho gusto tener la capacidad de respetar la libertad de mi hijo cuando éste quiso llevar al colé unos zapatos de niña llenos de colorines. Llegó al colé feliz luciendo sus zapatos hasta que se aburrió de ellos y fin de la historia. Nunca más se ha acordado de ellos. Y si, nada sucedió, fue un hecho natural que a él le hubieran gustado esos zapatos tan lindos y nadie aquí se hizo historias en la cabeza. También he tenido que aprender que mi hijo, en su enorme capacidad de amar, está descubriendo nuevos amores y aunque mami es mami, él ama a sus abuelas, a su guía y a sus amigas. Ni siquiera me he permitido sentirme celosa, hasta el momento. He aceptado que a Cronopio no le gustan los festivales infantiles donde tenga que bailar y que por poco que haga sobre el escenario, estoy segura que está haciendo su mejor esfuerzo. Y lo mejor: le he he enseñado que nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a tocar su cuerpo, ni a hacerlo sentir mal.

 

¿Cuál fue su peor momento como madres en el año que recientemente terminó?

Que tengan un día a toda madre, Laura

Decálogo de una Mala Madre

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Para Martha, que ya se vislumbra como una perfecta Mala Madre

Al poco de parir a Cronopio me daba terror convertirme en aquello que las buenas conciencias llaman una mala madre y, aunque para entonces yo ya estaba más allá del bien y del mal respecto a las críticas a mí persona, me atemorizaba la idea de que en algún momento me llamaran mala madre y cargara de por vida con aquel estigma. Sin embargo, nunca encontré mi reflejo en aquello que llaman una buena madre: abnegada, impoluta (ella y sus retoños), todo terreno y sábelo todo en cuestiones de maternidad. Podía lidiar con esta imagen cercana a la perfección pero lo que me costaba entender y con lo que no sencillamente no podía era la condición de entrega total de la buena madre hacia sus hijos; su capacidad de hacer a un lado su propia vida y personalidad para ser sólo madre y claro, todo esto con una gran sonrisa en la cara y sin renegar ni un milímetro de ello.

Me da gusto que el concepto de mala madre llegue al cine, a ver si ya vamos relajándonos con la asunto, que no es nada trágico ser una Mala Madre, al contrario. Espero q muchas mujeres se sientan aunque sea un poco  identificadas y se atrevan a salir del armario para asumirse como tales, que no hay cosa que cause mas pena  que una Mala Madre que se empeña en parecer justo lo contrario.

A propósito de la película que está a punto de estrenarse, les comparto mi Decálogo de una Mala Madre de acuerdo a mi propia  experiencia.

1.  Las fotos de nuestros perfiles de redes sociales no son de nuestros hijos . Ya ellos tendrán sus Facebooks para subir sus propias fotos. Nosotras las malas madres no queremos dejar de ser nosotras mismas,si bien somos personas muy diferentes desde que somos madres, no queremos dejar de ser mujeres (la maternidad ya despersonaliza lo suficiente como para además publicarlo).

2. No contamos historias de príncipes ni princesas. Para qué hablarles desde pequeños de princesas que consumen alucinógenos y ven ratones coser y barrer y calabazas que se convierten en carruajes o princesas medio holgazanas que esperan dormidas  a que llegue un chico que no tiene más atributos más que ser guapo y poseer un título nobiliario.

3. Si nuestros hijos varones quieren disfrazarse de Frozen y nuestras hijas de Darth Vader, nada nos detiene para darles gusto, ni nuestras pocas habilidades en el DIY.

4. No nos saltamos una tarde de parque. Y esto no quiere decir que lo  disfrutemos. Llevamos a los hijos a que se cansen, a que saquen su energía inagotable y lleguen a casa directo a la cama y así nosotras tener una noche libre .

5. Nos somos sobre protectoras. Si el hijo se cae al andar, no corremos desesperadas a su auxilio. Con un “no pasa nada. Levántate y anda” y un poco de saliva bendita  es más que suficiente.

6. Disfrutamos ser madres pero no dejamos que esto ocupe el 100% de nuestras vidas; nos empeñamos en ser mujeres autónomas e independientes y, al mismo tiempo, conciliando la vida familiar. Para lograr este malabar y a falta de una abuela cercana donde dejar al niño un rato, no dudamos en dejarlo al cuidado de Buzz Light Year, Rayo Mc Queen. Que no les pasa nada por unas tardes  de dibujos animados.

7. Aprendemos día a día a lidiar con las culpas: que no les ponemos suficiente atención a los hijos, que no les alimentamos todo lo bien que deberíamos… blah, blah, blah, diría Peppa Pig. Las críticas a otro lado, y con ellas se van las culpas, que estamos muy ocupadas conciliando. Y también somos mujeres creativas: vamos inventando y reintentando la maternidad, nuestra maternidad, como queremos, o como podemos, en base a lo que nosotras mismas esperamos de ser madres.

8. No tenemos pelos en la boca, ni tampoco  usamos eufemismos para disfrazar la realidad con palabas más amables de escuchar. El pene es pene y la vagina es vagina; ni Chuchi, ni tilín, no pajarito, ni cosita. Esto aplica también a palabras como caca, tetas, pechos, nalgas, culo, testículos y un largo etcétera que no se sustituye por popo, hacer del dos, bubis, pompis, bolas y lo que se acumule.

9. No hay mala madre que no se sienta orgullosa de serlo. Las malas madres no intentamos aparentar que somos lo contrario. No hay mala madre queriendo aparentar lo contrario. Y claro, no podía faltar el sentido del humor: toda mala madre se sabe reír de sí misma y de cómo la va cagando con los hijos y con el mundo entero.

10. Y en el pináculo del mala madrismo, estamos aquellas que expresamos a los cuatro vientos que no nos gustó estar embarazadas. Yo no sé si la oxitocina no me circuló adecuadamente o las hormonas fueron mucho  más cabronas, el hecho es que esos nueve meses fueron muy difíciles para mí; No sabía si iba o venia, si tenía más grandes los pies  que la barriga y ese permanente sentimiento de agobio, cansancio, incomodidad y angustia por el futuro que no me dejó después de parir, no es algo de lo que yo pueda pasar de largo y asumirlo como una etapa única en la vida de toda mujer.

Y ustedes, se asumen como Malas Madres?

!Anímense a compartir su propio decálogo de Mala Madre!

Que tengan un día a toda madre, Laura