El verano de mi frustración

Cuando me creía muy segura de mí misma y, habiendo aceptado que yo no pertenecería al mundo Pinterest, justo en ese momento llegó el verano, un verano repleto de plenitud y de felicidad pixelada. Y volví a caer rendida antes esas imágenes idílicas, ahora de piscina y playa, de madres delgadas que, con mojito en una mano y libro en la otra, controlaban a sus hijos con una mirada, mientras estos jugaban en santa paz. Creí por un micro segundo que podía aspirar a ser una madre de esas, pero el verano del 17 me jodió el plan. Mea culpa. Me tropecé con la misma piedra.

Pero en fin, asumí que sería el verano de nuestras vidas, irradiando felicidad y acumulando momentos Kodak. Con esa inocencia comencé las seis semanas de vacaciones  que estipula el calendario escolar de mi país y Cronopio y yo nos dimos de lleno a veranear. Para romper un poco con la dinámica escolar, decidimos no inscribirlo en un curso de verano y es que en la ciudad donde vivo hay más cursos que perros. Estaba a punto de decidirme por una ludoteca súper chula que me queda cerca de casa. Mandé un mensaje pidiendo informes y me contestaron con un “Hola Hermosa” ¿Hermosa? Suficiente para mandarlos al carájo. Sin darle tantas vueltas nos decidimos por un curso intensivo de natación en donde Cronopio logró medalla de oro (las envidiosas dirán que no es oro, pero por mis cojones que es oro).

Supondrán que mi pequeño hijo tuvo que dar una batalla campal para subirse al podio más alto, pues no, batalla la mía en la sala de espera rodeada de madres anormales, madres egoístas, madres boxeadoras, madres guardaespaldas, madres entrenadoras, madres que creen que su amor  y devoción por sus hijos es más grande y más respetable que la de cualquiera de las otras cien madres ahí presentes. Entonces como su amor y devoción es más grande, merecen pasar por encima de las demás, atropellándonos para ganar primera fila en los ventanales que daban a la piscina y para dejar apartadas  todas las sillas con sus 43 bultos, maletas, bolsos, bolsitos.

A esta penuria hay que agregarle que el nadador, ajeno a esta tensión, llegaba acompañado de sus abuelas.  A éstas no me les acercaba, ni les plantaba cara, ni hacía a un lado sus cosas; me daban miedito. Pocas cosas paralizan tanto como una abuela enardecida, una abuela fervorosa de sus nietos; basta con verles las pupilas alteradas, como si acabaran de salir de la fiesta rave de su vida. Pasé de las abuelas y me concentré en defender mis 20 cm cubicos que me correspondían en el suelo.

Resumiendo, me pasé el curso de verano viendo nalgas, viendo culos y, como este país tenemos medalla de oro en obesidad a nivel mundial, pasé un verano viendo culos gordos; si me ponía de cuclillas a la altura de sus rodillas, podía ver, al fondo, a mi hijo. Decidí asumir con relativa normalidad este asunto y aprovechar el tiempo para leer. Y aquí es cuando recuperé la confianza en la humanidad y descubrí qué hay otro tipo de madres. En la sala de espera éramos solo dos madres con libro en mano y justo cuando me iba a sentar en el suelo para leer con algo de comodidad, una me llamó para ofrecerme el lugar que  tenía reservado para mí. Las semanas siguientes nos acompañamos en un silencio cómplice, cada una tratando de concentrarse en su lectura, haciendo un esfuerzo de concentración digno de monje tibetano: madres y abuelas a la par, sin pizca de recato, cual cronistas deportivos, nos mantenían informadas, a base de gritos, de los avances de sus retoños, como si las demás estuvieramos deseosas de enterarnos, o quizá, muertas de envidia sabiendo que el próximo Phelps no dormía en nuestra casa. Y así al infinito, hasta que llegó la premiacion y yo, que soy desaliñada y ando por la vida en chanclas, justo ese día me puse los zapatos mas monos que tengo. Pues me jodí: a la premiacion se entraba con chanclas y yo fui la última en enterarme y no me quedó de otra más que seguir viéndole el culo/nalgas a todas las de chanclas, hasta que volví a recuperar la confianza en las madres, cuando se me acercó una diciéndome que ella tampoco traía chanclas pero el coordinador de la piscina le había dado permiso de entrar descalza y si yo quería, podría entrar con ella.

Y como estaba decidida a pasar el verano de nuestras vidas, al terminar la natación nos íbamos a un parque súper chulo a pasar la tarde, a hacer picnic, hasta que después de unos días nos hartamos y nos íbamos directo a casa y llegábamos Cronopio y yo borrachos de sol; entre tanta borrachera ni nos dimos cuenta de que el verano de nuestras vidas se estaba llendo al carájo. Con 30 grados y un sol intenso no daba ganas de poner un pie en la calle y nos hartamos de pelis piratas. Y cuando acabamos las pelis nos dimos al Netflix, mientras manteníamos una rigurosa dieta de queso y galletas en todas sus presentaciones. Pocas veces cociné pero de verdad, no tenía ganas de hacer nada, ni de comer, ni de seguir la dieta que llevo desde hace meses.

En ese espasmo estaba yo, tratando de disfrutar de la banalidad cuando se me aparece en Facebook el más reciente estudio de la Universidad de Harvard que dice que los niños que pasan mucho tiempo viendo tele o películas, tendrán serios problemas de desarrollo y serán anormales para el resto de su vida y la vida de sus hijos. Y ya me imaginaba yo a mis nueve nietos viviendo en nuestra casa (lo de los nueve nietos en nuestra casa es idea de Cronopio) y todos ellos anormales. Y me empecé a preocupar, coño, que es la Universidad de Harvard la que dice eso, por algo lo dirán.

Entonces me di a las manualidades siguiendo unas ideas súper chulas que otras madres estaban compartiendo. Y otra vez caí. Inocente yo, fui súper emocionada a comprar el material y más tiempo tardé yo en hacer la pendejadita de turno, que lo que duró Cronopio jugando con ella. Fracaso total. La emoción nos duró menos que un suspiro y pasó al olvido al instante; que ya lo había dicho Carlos Marx y no la Universidad de Harvard, que decía que todo lo sólido se desvanece en el aire, pero decidí hacerme la moderna y pasar de largo de él. Y así mismo fue, como lo (pre)dijo el cabrón de Marx,  la sólida ilusión de mi DIY se desvaneció en el aire, y aunque acumulé envases de plástico y mangueras para mi próximo proyecto al estilo CuCu Mama, para entonces el calor, el cansancio y el aburrimiento me hicieron darme por vencida y seguir ahí en el sofá, acumulando hartazgo veraniego, el niño al Netflix y la madre al Facebook.

Y justo ahí cuando madre e hijo hacíamos surcos en el sofá me llegó vía Facebook otro estudio de la Universidad de Harvard: dice la ciencia que si tu hijo te ve demasiado tiempo en el móvil, que si le prestas más atención a tus redes sociales que a tu hijo, le vas a crear problemas de autoestima y que no te sorprendas si mañana se vuelve delincuente y será delincuente porque tú te la pasas tuiteando y repartiendo likes mientras tú pobre hijo está criándose con la madre de Peppa Pig que, con la rabia acumulada que tiene contra Papa Pig, no es ningún modelo de crianza.

Era el verano de nuestro aburrimiento y empezaba a ser el verano de mi encabronamiento pensando en todos los recursos que, supuestamente, las universidades destinan a joderle la vida a las madres, sobre todo a las madres que trabajamos o que estamos empeñadas en llevar a cabo nuestro proyecto personal.

Fue un verano de mucho calor y más calor en casa porque mi casa estaba a 180 grados horneando a tope, trabajando y con un niño en casa; y desde la ventana de mi horno parecía que todo mundo se divertía a tope, incluyendo a los científicos de Harvard, que seguro no han pasado un verano completo con un niño pequeño. Y es que a veces nos hacen sentir que los padres tenemos la obligación de tener entretenidos a nuestros hijos y si, hay una oferta grande de lugares chulos a donde llevarlos, pero ¿qué cartera aguanta tanto verano intenso? Entonces diganme señores científicos, cómo me organizo el verano de tal forma que el niño se divierta alejado de mierdas electrónicas, mientras yo trabajo? Y es que conociendo la clase de investigaciones que supuestamente ustedes hacen, seguro que dirán que los hijos de madres que no se desarrollan profesionalmente, seran unos inadaptados en lo laboral. Y aquí fue donde empecé a enloquecer un poco y me puse a hablar conmigo misma, porque me urgía hablar con un adulto y tener conversaciones de adulto. Y a falta de adultos, Twitter.

Y es que el próximo verano, no me daré al Twitter sino a la ginebra mientras, con la otra mano despido a mi hijo que se irá al curso de verano en esa ludoteca chula, aquella donde las madres somos hermosas.

(Mi verano en fotos: la medalla de Oro de 48.3 kilates que Cronopio ganó  a pulso; nalgas, culos, pompas, derries, posaderas, todas ellas de madres mas listas y rápidas que yo y mi DIY que duró un suspiro).
 

Advertisements

2016, un año lleno de absurdos (de cómo me he sentido la peor madre del año)

Que no he muerto, aunque por ahí anden diciendo todo lo contrario; para que quede constancia de ello, aquí les dejo mi personalísimo recuento de cómo me fue este año, en lo que se refiere a cuestiones relacionadas con la maternidad.

En resumidas cuentas me he sentido un poco mierda pensando que entre más crece mi hijo,  yo encuentro nuevas formas de irla cagando como madre. Siempre siento que nunca hago lo suficiente y aunque día a día  intento crear mi propio modelo de maternidad, este siempre se ve contaminado cuando convivo con tanta madre súper poderosa (aquellas que parecen gestionarlo todo a la perfección, las que no se vuelven locas ni pierden la paciencia,cuyos hijos no hacen berrinches ni cuestionan su autoridad en público, y todo esto lo hacen subidas en tremendos tacones, luciendo pelazo). Ante esto, yo sólo  me quedo con cara de what, en el mejor de los casos. La mayor parte de las veces me cuestiono terriblemente sobre lo que estoy haciendo mal, respecto a mi y respecto a Cronopio y tengo días en que siento que la cago en absolutamente en todo y entro en pánico buscando respuestas en Google a preguntas del tipo “qué hacer si mi hijo no me hace absolutamente ni puto caso”; “consejos fáciles para que los hijos recojan los juguetes a la primera”; “como mantener la paciencia si mi hijo reclama mi atención total cada dos minutos y medio” y así, googleando hasta la náusea.

Ivanka reluciente y perfecta como muchas madres que van al colé de Cronopio.

Típica foto de una madre típica que después de hacer la limpieza de la casa, concilia trabajo y maternidad, al mismo tiempo de que luce pelazo, ropa perfectamente planchada y el bebe no está ni meao, ni cagado. Aclaración: la de la foto no soy yo, es Ivanka Trum

Aquí les dejo mis peores momentos como madre en el 2016:

De cuando otros me confirman mi estupidez.

Dos horas en el parque y 2 kilos de tierra encima no son suficientes para Cronopio. Él siempre querrá más.  No hay forma de explicarle que nos tenemos que ir. El camino a casa se hace entre berrinches, lloros y dramas. Cronopio encabronadisimo porque no consigue nada a cambio solo atina a gritarme “estúpida”. Para ser sincera, yo quería decirle que si, que era muy estúpida al pasarme las horas en fiestas infantiles soportando a madres odiosas y todo para que él se diviertiera; si, súper estúpida porque no logró bajar ni 5 kilos; súper estúpida porque aunque me esfuerce no logro verme ni tan guapa ni tan arreglada como esas madres súper star que Cronopio ve a la salía del cole.Y si, estúpida por qué no logro aprender a conducir, también como esas madres del cole, que llegan a recoger a sus criaturas en una todo terreno. Y así de pesada y larga como la Cuaresma estaba a punto de lanzarme con Cronopio.  Tuvo consecuencias, como cero televisión y caramelos pero yo me quede con mi corazoncito de madre un poco roto solo por ese día.

De cuando grito y me sale un espejo con la imagen de mi madre.

Desde el embarazo tenía pavor de ser una madre  como la mía y amar a mi hijo con la misma baja intensidad con la que mi madre me ha amado;  ya sé que esto ha sonado tan dramático que hasta escucharon violines de fondo, pero aclaro: superé este episodio cuando sentí como mis ojos se llenaban de amor cada vez que miraba a mi hijo. Sin embargo, tengo mis momentos en que grito y derramo histeria como lo hacía mi madre. Y eso me dolió. Me dolía que cada que ella abría la boca, ladraba. Y me duele aún más seguir ese camino; por ello,  he hecho el compromiso conmigo misma  de no gritar ni ladrar a mi hijo solo por 24 horas.

 De cuando soy madre trabajadora y yo soy la última en enterarme

Tuvo que venir La Fabulosa K,  guía de Cronopio, a decirme que seguro navidades es una época pesada para mí por todo el trabajo que tengo con las galletas y pasteles; que las  madres que trabajan no tiene porque arrastrar culpas, que todo lo hacen por el bienestar familiar. Pues si, no me había dado cuenta de que soy madre de familia, llevo la casa y acabo de echar a andar un negocio casero de pasteles y galletas personalizadas. Lo que me dijo la guía de Cronopio fue como una revelación, de verdad, así de absurda puedo ser. Desde entonces cambié el chip: ya no soy la señora que hace galletas monas, ahora soy la CEO  de Hornear, Comer, Amar.

Cuando te sabes mediocre y el mundo te confirma que eres más que eso.  

Ya la llevas mal con los gritos, los berrinches, el poco control que tienes sobre la criatura a pedar de que estás convencida de que poner límites a tiempo es lo mejor. Me sentía lo suficentemente jodida cuando en ese instante llegó una invitación del colegio para asistir a una clase muestra para que los  padres veamos cómo trabajan nuestros hijos bajo la pedagogía Montessori. Cronopio, que es un torbellino en casa, es encantador bajo la mirada de su guía. Hace todo pasó a paso, con un orden y pulcritud que ya la quisieran las Infantas Leonor y Sofía, entonces ¿porqué carajos en casa avienta todo al suelo? Mi respuesta fue que yo soy una mala influencia para Cronopio, no pude evitar decirme esto de golpe, aunque ahora con el tiempo no dramatizo mucho esta experiencia y, por el contrario, estoy tan orgullosa de que mi chico se comporte tan bien en el cole.

 

De cuando todos demuestran en público lo buen rollo que son como padres y se ponen en cuclillas a la menor provocación

Maldito Principe William que puso de moda lo que muchos  sabíamos: agáchate para hablarle a tu hijo y así crearas empatía. Yo todo el día ando como bragas de puta: de arriba para abajo y me duele el coxis y la ciática y todo lo demás. Cronopio habla hasta por los codos lo que equivale que yo me tendria que agachar cada dos minutos y mis músculos no están para esos detalles  Montessori. Así que si no tengo donde sentarme para estar a la altura de mi hijo, me invento la empatía desde mi 1.60 de estatura.

image

Kate en cuclillas, creando empatía y de paso para que le quede claro a George que está sacando de quicio a su pobre madre

Y para ser justa conmigo misma, tengo que reconocer que también tuve mis cosas buenas como madre. Me dio mucho gusto tener la capacidad de respetar la libertad de mi hijo cuando éste quiso llevar al colé unos zapatos de niña llenos de colorines. Llegó al colé feliz luciendo sus zapatos hasta que se aburrió de ellos y fin de la historia. Nunca más se ha acordado de ellos. Y si, nada sucedió, fue un hecho natural que a él le hubieran gustado esos zapatos tan lindos y nadie aquí se hizo historias en la cabeza. También he tenido que aprender que mi hijo, en su enorme capacidad de amar, está descubriendo nuevos amores y aunque mami es mami, él ama a sus abuelas, a su guía y a sus amigas. Ni siquiera me he permitido sentirme celosa, hasta el momento. He aceptado que a Cronopio no le gustan los festivales infantiles donde tenga que bailar y que por poco que haga sobre el escenario, estoy segura que está haciendo su mejor esfuerzo. Y lo mejor: le he he enseñado que nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a tocar su cuerpo, ni a hacerlo sentir mal.

 

¿Cuál fue su peor momento como madres en el año que recientemente terminó?

Que tengan un día a toda madre, Laura

Embarazo y depresión (de cómo no pude ser Charlotte y me convertí en Bridget)

Expectativa de como iba a lucir cuando me embarazara

Expectativa de como iba a lucir cuando me embarazara

Nunca imaginé que durante el embarazo, esa etapa encantadora, yo pudiera haber vivido otro periodo depresivo mayor. Jamás me pasó por la cabeza algo así, y cómo  iba a ser, si estaba rodeada de imágenes idílicas del embarazo, de mujeres radiantes con sus enormes barrigas, esperando felizmente la llegada del bebe. Lo confieso: a mí no me gustó estar embarazada. No dudo que haya muchas mujeres que disfrutaron su embarazo pero no es mi caso y lo peor es que no pude expresarme como yo lo hubiera necesitado porque, recién estrenada en la maternidad, tenía miedo de que me tacharan y me juzgaran como mala mujer y peor madre, incluso me costó trabajo aceptar ante mí misma que no me sentía emocionalmente bien; ni siquiera pude escribirlo en mi diario por miedo a que mi hijo algún día dudara de mi amor. Hoy día, si me llegaran a decir tales calificativos, la verdad, es que se me resbalarían por completo porque sé el vínculo de amor que hay entre Cronopio y yo.

Las imágenes de la maternidad que fui adquiriendo durante toda mi vida poco a poco se fueron derrumbando y pasaron a ser mitos urbanos. Mi idea previa del embarazo poco tenía que ver con la embarazada que realmente fui. De soltera era fan de Sex and the City, nunca me identifiqué plenamente con ninguna  de las protagonistas que, para ser tan modernas, eran bastante recatadas, pues ni un pedo se podían tirar libremente en la cama de sus muchos amantes. Me gustaba la serie por la propuesta estética, hermosos zapatos, vestidos y bolsos en mi ciudad favorita. El caso es que cuando vi a Charlotte York embarazada no pude sustraerme de asumir que así  quería  lucir en el embarazo. Si, no se rian.  Nada más alejado de la realidad.  Además de que nunca se me ocurrió preguntar en donde se visten esas embarazadas que lucen tan bien, porque en el momento en el que compras tu primera prenda pre mama, paralelamente comienza el proceso de tu  despersonalización, pero no tienes más remedio que meterte dentro en esos vestidos bobos, llenos de lazos y flores, que nunca te han gustado, pero que son los únicos donde caben  toda tu humanidad y tu.

Charlotte York, con vestido de Oscar de La Renta. Asi se supone que tenia que verme yo

Charlotte York, con vestido de Oscar de La Renta. Asi se supone que tenia que verme yo

Para mi decepcion supe desde el primer trimestre que mis emociones, en complicidad con las hormonas, no me darían para ser la Charlotte York de mi pueblo, sino  Bridget Jones, y lo supe  desde el momento de hacerme los primeros análisis. En la sala de espera estaba otra embarazada toda guapa, a la moda, totalmente combinada, con su impecable manicura, zapatos, lentes, aretes, sin un cabello fuera de lugar  (vaya, una Charlotte York cualquiera) y yo ahí, chorreando baba, aún en pijama, sin bañar, en chanclas y, lo que es peor, con un desasosiego e incertidumbre de madres y sintiéndome poco menos que mierda. Así fue mi transcurrir los dos siguientes trimestres. Apenas me dió la vida para lucir como la Bridget Jones del barrio.

Y esta es la realidad de como lucí embarazada, asi de guapa y elegante

Y esta es la realidad de como lucí embarazada, asi de guapa y elegante

Mi aspecto fisico era sólo la muestra mas evidente de que no me sentía bien, ni plena ni nada y no podía ser de otra forma si con suerte dormía un par de horas; me fue casi imposible conciliar el sueño durante los dos primeros trimestres del embarazo. No sabía que estaba pasando conmigo, empezaba a suponer que el embarazo era así, jodido, y sólo  me aferraba a un anuncio de la televisión, “ser tu madre es lo mejor que me ha pasado, a pesar de los dudas y miedos que tuve al principio”, decía una mujer en voz en off, mientras  madre e hijo irradiaban felicidad bebiendo leche Nido. Sólo pude suponer que la mujer del anuncio algún día se sintió como yo.

Cuando no pillaba el anuncio, pasaba horas viendo en Facebook las fotos de mis amigos con sus hijos. Me hicieron sentir que en unos años yo también estaría posando feliz con mi niño, en el estadio de los Yanquis, como Enrique y Eric, y que si tenía una niña, podríamos jugar a vestirnos totalmente vintage, como Isbel y Enya.

Y es que la depresión que anteriormente padecí no me dió tregua en el embarazo pero eso lo supe hasta que me atendí por depresión post parto y pude entender muchas de las cosas que sentí esos nueve meses. Durante esta etapa jamás me pasó por la cabeza que pudiera estar deprimida y todo ese sube y baja emocional por el que pasé, pensaba que se trataba en realidad de consecuencias de todos los cambios que estaba experimentando.  Y ustedes diran que tambien pasaron por un desorden emocional y no tuvieron depresion. La diferencia es que yo me quedé inmovil, muerta de miedo, bajo las sabanas, viendo en Youtube tutoriales sobre los cuidados del bebé, saliendo a revisiones, analisis, citas con el medico, a comer  y poco mas.

(Tambien lloraba por todo y por nada. Y por  llorar, lloré por Edward Snowden y por su madre, al imaginar el recorrido que tendría que hacer hasta Rusia si queria llegar sin que lo atraparan. Y ya casi era yo la madre de Snowden, corriendo peligros junto a mi hijo y creyendo que el no era un delicuente, sino un heroe. Vaya, que me armaba unas telenovelas intensas, explosivas y donde la hormona era la guionista estrella).

Así que sólo  pude concentrar mis fuerzas, físicas y emocionales, en comer adecuadamente, en hacerme todas las revisiones, análisis y chequeos médicos. Mi cuerpo respondió de maravilla. Fisicamente tuve un embarazo genial; el reto mas grande fue emocional, y es que practicamente cualquier cosa me hacia sentir vulnerable y débil, incluso me angustiaba mucho que  mis brazos no fueran lo suficientemente fuertes para abrazar y sostener a mi hijo. Me pasaba la noche haciendo historias, como la de la madre de Snowden, y  pasaba la mañana tratando de encontrar en qué punto de mi extensa angustia me había perdido y a veces sentia que ir a vestime y arreglarme me quedaba lejos, a siete estaciones del metro, y me cansaba sólo de pensarlo y regresaba a la cama a volver a pensar en… ¡las siete plagas del Apocalipsis!

Y con tanta plaga acechando encima de mi cabeza, no pude planear a detalle la llegada de Cronopio como me hubiera gustado; ir de compras y perderme entre los 200 modelos de biberones era un asunto que me ponía muy mal, como si las tiendas de bebés gritaran mi incapacidad para ser madre, para saber elegir la mejor ropa para mi hijo. Si no podía siquiera decidir entre la extensa variedad de biberones, ¿cómo podría tomar decisiones trascendentales en la vida de mi hijo? Y ahora que voy de compras y veo esas vitrinas con habitaciones de bebe hermosas, pienso  en las habitaciones de bebé que tanto quise, que tanto repasé en mi cabeza antes del embarazo, o en las habitaciones que yo ayude a arreglar, con la ilusión de que así recibiría a mi hijo. Y no pudo ser así. Compramos lo necesario y mantas, muchas mantas; sentía el enorme impulso de abrigar a mi hijo, de que no pasara frio. Y el Churri, por su parte, se fue a la madereria y le hizo  una linda cuna blanca a Cronopio.

Así nos estrenamos el Churri y yo en la maternidad, dándonos de bruces y desechando todas esas imagenes, casi poeticas, de la maternidad perfecta. Que pena con mi Churri, que imaginaba que el embarazo era una etapa de plenitud en pareja, lo siento mucho, cariño, que no pude hacer unos nueve meses por lo menos divertidos.

Y, sin embargo, en medio de tanta confusión y llantos, para nosotros fue un etapa de mucho crecimiento como pareja, de estar compenetrados al máximo, haciendo un lazo entre los dos, enorme, profundo, bello. Asi construímos el Churri y yo nuestro nido, aquel donde habría de llegar nuestro hijo.  Ese fue el mejor recibimiento que le pudimos dar a nuestro hijo, más perdurable, las valioso, más bello que cualquier habitación copiada del Pinterest.

Y ustedes, como se imaginaron su embarazo? Cumplieron sus expectativas? Vamos, atrévanse a comentar!

Que tengan un día a toda madre, Laura