Mis 7 razones para NO ir a terapia psicológica 

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Nacer de nuevo, Remedios Varo, México, 1960

Leyendo a Mamá Rebelde sobre la importancia de que como padres acudamos a terapia, me vino a la cabeza una serie de ideas a modo de secundar su post para, de alguna forma, ayudar a quitar el estigma que puede pesar sobre recurrir al apoyo psicológico y psiquiátrico. Yo misma, lo confieso, caí en terror cuando me dieron un pase directo al hospital psiquiátrico,  pues días antes me burlaba abiertamente de que a Juana La Loca (distinguido personaje de mi árbol genealógico) la hayan mandando al psiquiatra en carácter de ur-gen-te. De eso ya hace muchos años, años que me han enseñado que tener un problema psiquiátrico o psicológico esalgo tan normal como tener tiroides y acudir al especialista.

Desde entonces  no tengo reparo en decir que yo acudo a terapia; cuando mi suegra y yo estábamos en medio de los preparativos para la boda mencioné lo de mi terapia y lo dije como parte de mi cotidianidad. Su reacción fue un poema: “nosotras, mis hermanas y yo, somos mujeres muy fuertes que no necesitamos ir a terapia“; estaba claro: yo era una mujer débil. No le dije nada, que apenas nos estábamos conociendo y ya habría tiempo  para enseñarnos las miserias, pero con saber que ella me consideraba una mujer débil tenía suficiente.

Por desgracia, la idea que tiene mi suegra es más común de lo que creemos. Se puede suponer que la gente que  acudimos a terapia no tenemos la capacidad para resolver nuestros problemas y necesitamos que alguien venga de decirnos qué hacer.  Creo, como mi suegra, que no todos tienen ni pueden ir a terapia; hacer este ejercicio de introspección y auto análisis de forma metódica y periódica requiere tener los cojones para sentarte y, de forma honesta, hablar de todo aquello que prefieres ocultar. Ir a terapia es un acto de amor y honestidad  con uno mismo que requiere mucha fortaleza y, efectivamente, no cualquiera se sienta frente al terapeuta, para qué,  ¿acaso tú , forever alone, no tienes amigas para irte a tomar un café y que sean ellas las que te aconsejen?

A pesar de mis años en terapia, les quiero compartir  mis razones para NO  ir a terapia.

1.Descubres mierda donde antes creías que había buen rollo

Antes de ir a terapia pensaba que tenía la familia más simpática que alguien podría imaginar. Las fiestas familiares eran todo  alegría. Después de varias sesiones hablando de lo bromistas que éramos mis tías, primas y yo misma, me sorpendi muchísimo al descubrir  a una familia que sólo sabe relacionarse a través de un discurso  pasivo~agresivo. Cuando mi psiquiatra mencionó en una sola frase las palabras familia, agresión, violencia verbal, pasivo, agresivo, fue como tener una revelación, como si mi vida entera se hubiera iluminando dándole un giro de 180 grados. Desde entonces aprendí a vivir y a convivir de formas más sanas, pero eso sí,  perdí una familia entera. A ésta no le gustaba que yo ya no les celebrara los chistecitos y, de manera paulatina, dejé de participar en sus rutinas, en sus fiestas y me convertí en objeto de sus burlas, pero para ese entonces yo estaba física y emocionalmente lejos de ellos.

2. Aprendes a poner límites y te vuelves impopular 

Como dije en el punto anterior, me volví la apestada de la familia. Si hay algo que continuamente te molesta de alguien cercano a tí y le pides de mil formas que no lo haga, no esperes que te aplaudan, a menos que el otro tenga suficiente madurez emocional como para aceptar los límites. Poner limites es el principio de amor a uno mismo pero es difícil que uno o los demás los sepamos asimilar. Si no quieres ser tachada de anormal, neurótica, grosera, delicada, ultra borde y apestada, mejor no vayas a terapia porque ahí vas a aprender a poner límites. Poner límites ya sea a una misma o a los demás, debería ser considerado un deporte de alto riesgo o, por lo menos, tener cobertura por parte de los seguros médicos. Prueba ponerle límites a tu madre o a tu suegra y comprobarás que es un proceso mucho más intenso que pasar 100 días en casa del Gran Hermano.

3. Te verás obligada a salir de tu espacio de confort y eso, querida, requiere de un trabajo inmenso

Moverse, cambiar, ¿para qué? O lo que es lo mismo: más vale conocido que bueno por conocer. Para que te arriesgas a cambiar tus patrones de conducta, mejor sigue cultivando los que aprendiste desde pequeña, porque en terapia, invariablemente, los cuestionaras y ya sabes que cuando cuestionas, te metes en más líos. Para qué conocer a un chico lindo y bueno, a saber qué oculte, mejor sigue con ese patrón de pareja que no sabes ni cómo ni cuándo construiste, pero vaya, que es tuyo, es tu patrón y como es algo tuyo, lo defenderás como una leona y te vas por lo seguro, conociendo a los mismos cabrones de siempre con diferente cara y después podrás decir que no tienes suerte, que el cabron de turno es el que te tocó, que te lo asignó el destino.

4. Te quedarás sin excusas

Que si, que del destino nadie escapa, que ya todo está escrito. Si vas a terapia corres el grave riesgo de dejar de culpar al destino, a la vida, a Dios, a tu madre, a tu signo zodiacal, de todo lo que te pasa o no te pasa y empezaras a asumir responsabilidades y eso es muy complicado. Es más fácil ir por la vida haciéndose la boba, la víctima, decir que tú no sabías nada, que actuaste inocentemente; la terapia implica que te hagas cargo de ti y eso, querida, puede ser agotador.

5. Se te activará un mierdometro interno que no dejará espacio al disfrute

Cuando descubres  la mierda de la que has procurado rodearte y te movilizas para no cometer el mismo error, invariablemente se activará  tu mierdometro interno. Si antes veías amor en las escenas de celos incontrolables de tu esposo; si antes creías que esa amiga tuya que se pasaba la vida jodiendote sólo por tu propio bien, después de terapia ya no podrás estar como si nada con aquellas personas con las que aparentemente la pasabas de puta madre. Para eso está el mierdometro; al principio es incontrolable, se pasa todo el día mandandore señales y créeme, no da lugar al disfrute. Con el tiempo, cuando aprendes a diferenciar lo que es amor de la agresión disfrazada, tu mierdometro irá con mas calma, pero que lo sepas… tu mierdometro interno puede hacer tu vida un agobio.

6. No te podrás ocultar ni de ti misma

Va, que por fin te has decidido ir a terapia porque esa relación con tu vecina se está saliendo de control. Llegas a terapia y descubres que no es la vecina el origen del problema, sino algo más profundo; ella es sólo la metáfora  de ese dolor antiguo  que traes cargando muy oculto dentro de ti. Y es que hace mucho años decidiste ocultar ese dolor, encerrarlo en tu alma y perder la llave, y no te das cuenta pero ese dolor, esa cicatriz no cerrada es lo que en verdad te tiene mal y aún así lo niegas, no te atreves a aceptarlo, como  negarias ese flujo verdoso que dejas en las bragas para concentrarte en el catarro que no te da respiro. Y así llegas a terapia,  hablando  del catarro, de esos mocos persistentes y te aferras a ellos, pero el mismo proceso terapéutico te lleva hacia un rincón, sin lugar para huir, e indefectiblemente terminas, pese a tu dolor, hablando  de tus irritantes flujos vaginales, por que sabes que son estos los que te provocan ese dolor que se anida en tu pecho.

7. Ir a terapia no es un vuelo directo a La Felicidad (con mayúsculas)

La terapia por sí sola no trae felicidad; por el contrario, necesitarás ser lo suficientemente honesto contigo mismo como para sentarte a hablar y analizar todos los fantasmas y demonios que viven dentro de ti. La terapia es un camino empedrado que se bifurca. Y habrá ocasiones en que salgas de tu sesión de terapia más jodida de cómo entraste porque tu terapeuta, de la mano de tu pájaro del alma, abrirán esos cajones que creías cerrados para siempre y te harán revivir el recuerdo nefasto de ese tío que todo mundo creía tan simpático, tan buena gente y que tú, solo  tú, que cuando eras niña te quedaste a solas con él,  lo llevas cargando como un lastre muy pesado.

Y pese a ello, a estas siete razones y muchas más, les puedo decir que acudir a terapia ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido porque me ha permitido reinventarme las veces que ha sido necesario. De un año a la fecha acudo a una terapia cognitivo conductual que me ha enseñado, entre otras cosas, a reconocerme ante mi misma; he podido indentificar las rutinas de mis día a día que me acercan a conductas depresivas y  estoy aprendiendo a callar  a esa voz interna que me dice insistentemente que no merezco lo bueno que sucede en mi vida. Como dije, la terapia es un camino que se bifurca y aún me queda mucho por aprender, pero por difícil que sea, el mayor beneficio que ha traído consigo es poder dormir tranquilamente porque no tengo deudas  conmigo misma.

Y ustedes…. se atreven a ir a terapia psicológica?

Que tengan un día a toda madre, Laura

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¿Cuánto dura la gordura del post parto?

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Si, estoy gorda. Cronopio ya camina, ya habla, ya todo y yo sigo queriendo pensar que la barriga que cargo es toda post parto, aunque supongo que algún día tendré que buscarme otra excusa, que cualquier día de estos el niño se gradúa de la universidad y yo andaré buscando un vestido donde meter esos kilitos que me dejó el embarazo.

Con esto no quiero decir que antes de quedar embarazada estuviera exquisita, pero me defendia bien de la bascula, incluso en el viaje de bodas use bikini y ropa que me gustaba mucho. En el embarazo no subi ni 10 kg y al parir se supone que perdí alrededor de 7kg.  A pesar de tan buenos números (en los que debí haber confiado un poco mas), me sentí fatal al verme en el espejo: ¿quién era esa gorda que me veía con cara de asombro? Ya no era sólo cuestión de que estuviera gorda, sino que ante mis ojos me veía deforme, no había por donde agarrar un poco de forma, que no fuera la de un balón y,por si fuera poco, la ropa de maternidad que seguí usando, no ayudaba para que me viera nada bien. Vaya, que me sentía un cuadro vivo de Botero.

Yo tenía un hambre voraz provocada no sólo por el desgaste de amantar, sino por la depresión que en ese momento no sabia que tenía. Sostenía en mis brazos  una responsabilidad de 4 kg y trataba de huir del cumplimiento de todas las expectativas sociales de lo que se supone debe ser la maternidad como está mandado; al mismo tiempo, me cuestionaba continuamente si podría llegar a ser una buena madre y, por si fuera esto poco, estaba abrumada por toda la maldita incertidumbre típica de madre primeriza. Vaya, que estaba cagaita de miedo, pero eso tampoco lo sabía, así que me dediqué a comer y a comer. Y como suponía que con la lactancia iba yo a bajar de peso así, sólo por que sí, pues comí aún más.

La angustia se hizo amiga del hambre y de ahí todo fue darle gusto al gusto y comer y comer.  Fue una época en la que el Churri tuvo que viajar mucho, así que yo, a solas con mi apetito, me dediqué a cebarme como un puerco. Comía todas las cosas dulces que encontraba, baguettes enteros con mantequilla y azúcar, caramelos a destajo y, si por alguna razón no podía salir a la calle, !a hornear se ha dicho! Me podía comer media docena de magdalenas en una sola sentada. Si los brócolis tuvieran el poder curativo de los chocolates y los pasteles, se imaginan? El mundo sería perfecto.

 

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A pesar de todo lo que podía comer, me costaba trabajo aceptar que me estaba sobre alimentando y todavía tenía la cara dura para echarle la culpa a la genética. Y me cagaba en la madre de todos mis ancestros, que me heredaron este cuerpito post parto; que iba a ser de mí con esta genética en tiempos de anorexias, que pasaría si un día de estos se acabaran  las tallas extra, pero  que carajos, si vida hay una sola y tallas hay muchas!!

Del enojo pase a la envidia al ver a madres con bebés de pocos meses en brazos, luciendo hueso y ombligo. Que eso no es posible, trataba de auto convencerme, seguro que ese niño  no es suyo, seguro se operó, que no hay cuerpo que reaccione así, por dios. Una de estas madres que lucia bastante bien a los pocos meses de haber parido, me confesó que todas las mañanas de levantaba a las 5:30 am para hacer ejercicio, porque se quedó impresionada al ver su cuerpo después del segundo parto.

Eso me hizo reaccionar. Además, estaba ya cansada de usar la misma ropa estilo “señora gorda que nunca mas se cuidó después de tener hijos” y si quería volver a ser yo misma a la hora de vestir, tenía que bajar de peso (y ya ni les cuento de los daños a la salud ocasionados por el sobre peso).

Asi que aquí estoy, después de tres meses en el gimnasio he perdido unos cuantos kilos y ya casi me siento una gacela. No sólo estoy feliz por haber empezado a recuperar mi cuerpo y ganar salud, sino porque al fin, estoy empezando a pagarle  a mi cuerpo la deuda que contraje con él, por lo bien que respondió durante el embarazo, porque a pesar de mis 40 años, reaccionó de maravilla.

Y a ustedes, qué tal les fue con  los kilos demás y los cuerpecitos post parto?

Que tengan un día a toda madre, Laura

(Aclaración si acaso fuera necesaria: las gordas de las pinturas  ninguna  soy yo, es un aproximado  de como me sentía y son de la autoria del pintor colombiano Fernando Botero)