La tierra da vueltas al sol (El cumpleaños de Cronopio)

La tierra da vueltas al sol. Cumpleaños Montessori

Después de cada cumple de Cronopio me he propuesto firmemente que el próximo será algo sencilito. Que sepan desde ahora que yo misma me he mordido la lengua y al mismo tiempo que escupía sangre, con papel y lápiz en mano me puse a planear la fiesta de mi hijo. Y si quieren acusarme de falta a mi palabra, tienen razón: al ver algunas desproporcionadas  fiestas infantiles me juré a mí misma con un puño de confeti en la mano, como Scarlett O’ Hará, poniendo a Dios como testigo, juró que no pasaría hambre de nuevo, yo juré que nunca haría una fiesta infantil en un salón ad hoc ( Escribo “Scarlett O’ Hará y de pronto se me vienen mis cuatro décadas encima y tengo la sensación  que quien me lee es demasiado joven para haber disfrutado en pantalla gigante los dramas protagonizados por Vivían Leight). Como les decía…  el año pasado estaba yo con un puño de confeti en la mano cuando juré que no me iba a complicar la vida con una fiesta infantil, que lo importante era festejar y que el niño apagara las velitas pero…

Fue a finales del año pasado cuando tuve una gripe del carájo y con fiebre y todo me puse a planear el cumple de Cronopio y esta vez sería en salón de fiestas, con dos cojones. Me bajó la fiebre del cuerpo pero no la fiebre por la fiesta y así mismo estuve algunos meses. Y no paré. No paré hasta que empecé a hacer bocetos de la mesa de postres (si, leyeron bien: bocetos de una fiesta infantil). Y es así como semanas previas al cumple estaba googleando “como lograr una fiesta infantil de éxito”‘ “diez pasos infalibles para hacer de tu fiesta infantil un éxito rotundo”, googleando al infinito, haciendo una larga lista con los “must” y de tan larga era que me cansé solo de hacerla. En ese  mismo momento tuve un instante de lucidez y pude preguntarme a mí misma:  “Mi misma, este despliegue que estás haciendo ¿realmente es lo que quiere Cronopio para su fiesta?“. No, claro que no. Mi hijo solo quiere un pastel, sus amigos y una piñata. Y seguro quiere que su madre disfrute más de la fiesta y que pase más tiempo de calidad.  Decidí dejar a un lado los bocetos y el cansancio que me llevaria montar una mesa de postres como dios manda, además de todo lo demás (globos,comida,adornos,piñata y andar arriba pa bajo comprando todo lo necesario).

Boceto de la mesa de postres para la fiesta de Cronopio

Asi fue como decidí hacer una fiesta para Cronopio y no para mí y sólo hice pastel, galletas y gelatinas, sólo eso. Y es que a veces me da por ser mal pensada y  creer qué hay algunas fiestas que se hacen para el exclusivo lucimiento de la madre ante otras madres, por supuesto. (Y es que no se me olvida la fiesta de Isa, mejor dicho, la fiesta de Melissa, su madre. Isa cumplía dos años y rentaron un salón de fiestas digno de una boda. Isa era aún muy pequeña como para subir a los fabulosos juegos que había en el lugar; cuando llegó el show de La Familia Pig, Isa entró en pánico al ver a la cerda en persona y lloró tanto que se quedó dormida y ni siquiera hubo un instante para la foto del recuerdo. Isa durmió toda la fiesta mientras su madre, ella sí, disfrutaba como niña pequeña).

 

Existe una rara y temerosa especie de madres que nos transformamos en las más terribles wedding planners con las fiestas de nuestros hijos y que las vivimos con intensidad plena. Lo acepto, mea culpa. Para mí, los cumpleaños de Cronopio son la oportunidad perfecta y más simbólica de festejar su vida, su llegada al mundo, a mi mundo. No sólo es hacer un repaso emotivo sobre la vida de mi hijo, sino de cómo mi vida ha cambiado desde que soy madre; significa saber que superé un embarazo difícil, una depresión post parto y, que poco a poco, voy superando los miedos y angustias de cada etapa.  Este cumpleaños en especial  ha significado para mí la confirmación de que he recuperado mi YO, el que se me perdió cuando me embaracé.

Y si, la tierra da vueltas al sol y en cada vuelta mi hijo se hace mayor, se hace un hombre. Y yo empiezo a medir el paso del tiempo no por las vueltas que da la tierra cuando yo nací, sino cuando nació mi hijo. Y esto no significa que yo nací cuando lo hizo mi hijo; significa que cuando mi hijo nació yo necesite un arsenal de herramientas emocionales para re inventar mi identidad porque tan sólo parir me quedé emocionalmente desnuda frente a la nueva mujer que era yo y que ni siquiera imaginaba el cambio tan profundo que estaba viviendo.

Los cumpleaños en colegio Montessori son especialmente emotivos; recordamos las vueltas que da la tierra al sol y, con ello, el paso del tiempo y  todo lo que hemos aprendido y crecido. Me emociona ver como crece Cronopio aunque no deja de darme pena que crezca tan rápido.  Pero también me emociona hacer el recuento de todo lo que yo he crecido desde que soy madre.

Cronopio cumplió años hace unos meses y este post se quedó, por mil razones, en la gaveta. Hoy, 19 de septiembre, es mi cumpleaños; la tierra ha dado una vuelta màs al sol, mientras yo me lleno de amor rodeada de Cronopio, Mi Churri y mis gatas y con 17 kilos menos. A por mas!

(El cumpleaños en fotos: La tierra da vueltas al sol y nos damos cuenta de lo mucho que estamos creciendo; bosquejo de mi mesa de postres para el cumple, que es a la vez, un bosquejo de mi locura.Y la mesa de postres real, galletas, pastel y gelatinas de Doraemon, todas hechas en su totalidad por la autora de este blog) 

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Mis 7 razones para NO ir a terapia psicológica 

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Nacer de nuevo, Remedios Varo, México, 1960

Leyendo a Mamá Rebelde sobre la importancia de que como padres acudamos a terapia, me vino a la cabeza una serie de ideas a modo de secundar su post para, de alguna forma, ayudar a quitar el estigma que puede pesar sobre recurrir al apoyo psicológico y psiquiátrico. Yo misma, lo confieso, caí en terror cuando me dieron un pase directo al hospital psiquiátrico,  pues días antes me burlaba abiertamente de que a Juana La Loca (distinguido personaje de mi árbol genealógico) la hayan mandando al psiquiatra en carácter de ur-gen-te. De eso ya hace muchos años, años que me han enseñado que tener un problema psiquiátrico o psicológico esalgo tan normal como tener tiroides y acudir al especialista.

Desde entonces  no tengo reparo en decir que yo acudo a terapia; cuando mi suegra y yo estábamos en medio de los preparativos para la boda mencioné lo de mi terapia y lo dije como parte de mi cotidianidad. Su reacción fue un poema: “nosotras, mis hermanas y yo, somos mujeres muy fuertes que no necesitamos ir a terapia“; estaba claro: yo era una mujer débil. No le dije nada, que apenas nos estábamos conociendo y ya habría tiempo  para enseñarnos las miserias, pero con saber que ella me consideraba una mujer débil tenía suficiente.

Por desgracia, la idea que tiene mi suegra es más común de lo que creemos. Se puede suponer que la gente que  acudimos a terapia no tenemos la capacidad para resolver nuestros problemas y necesitamos que alguien venga de decirnos qué hacer.  Creo, como mi suegra, que no todos tienen ni pueden ir a terapia; hacer este ejercicio de introspección y auto análisis de forma metódica y periódica requiere tener los cojones para sentarte y, de forma honesta, hablar de todo aquello que prefieres ocultar. Ir a terapia es un acto de amor y honestidad  con uno mismo que requiere mucha fortaleza y, efectivamente, no cualquiera se sienta frente al terapeuta, para qué,  ¿acaso tú , forever alone, no tienes amigas para irte a tomar un café y que sean ellas las que te aconsejen?

A pesar de mis años en terapia, les quiero compartir  mis razones para NO  ir a terapia.

1.Descubres mierda donde antes creías que había buen rollo

Antes de ir a terapia pensaba que tenía la familia más simpática que alguien podría imaginar. Las fiestas familiares eran todo  alegría. Después de varias sesiones hablando de lo bromistas que éramos mis tías, primas y yo misma, me sorpendi muchísimo al descubrir  a una familia que sólo sabe relacionarse a través de un discurso  pasivo~agresivo. Cuando mi psiquiatra mencionó en una sola frase las palabras familia, agresión, violencia verbal, pasivo, agresivo, fue como tener una revelación, como si mi vida entera se hubiera iluminando dándole un giro de 180 grados. Desde entonces aprendí a vivir y a convivir de formas más sanas, pero eso sí,  perdí una familia entera. A ésta no le gustaba que yo ya no les celebrara los chistecitos y, de manera paulatina, dejé de participar en sus rutinas, en sus fiestas y me convertí en objeto de sus burlas, pero para ese entonces yo estaba física y emocionalmente lejos de ellos.

2. Aprendes a poner límites y te vuelves impopular 

Como dije en el punto anterior, me volví la apestada de la familia. Si hay algo que continuamente te molesta de alguien cercano a tí y le pides de mil formas que no lo haga, no esperes que te aplaudan, a menos que el otro tenga suficiente madurez emocional como para aceptar los límites. Poner limites es el principio de amor a uno mismo pero es difícil que uno o los demás los sepamos asimilar. Si no quieres ser tachada de anormal, neurótica, grosera, delicada, ultra borde y apestada, mejor no vayas a terapia porque ahí vas a aprender a poner límites. Poner límites ya sea a una misma o a los demás, debería ser considerado un deporte de alto riesgo o, por lo menos, tener cobertura por parte de los seguros médicos. Prueba ponerle límites a tu madre o a tu suegra y comprobarás que es un proceso mucho más intenso que pasar 100 días en casa del Gran Hermano.

3. Te verás obligada a salir de tu espacio de confort y eso, querida, requiere de un trabajo inmenso

Moverse, cambiar, ¿para qué? O lo que es lo mismo: más vale conocido que bueno por conocer. Para que te arriesgas a cambiar tus patrones de conducta, mejor sigue cultivando los que aprendiste desde pequeña, porque en terapia, invariablemente, los cuestionaras y ya sabes que cuando cuestionas, te metes en más líos. Para qué conocer a un chico lindo y bueno, a saber qué oculte, mejor sigue con ese patrón de pareja que no sabes ni cómo ni cuándo construiste, pero vaya, que es tuyo, es tu patrón y como es algo tuyo, lo defenderás como una leona y te vas por lo seguro, conociendo a los mismos cabrones de siempre con diferente cara y después podrás decir que no tienes suerte, que el cabron de turno es el que te tocó, que te lo asignó el destino.

4. Te quedarás sin excusas

Que si, que del destino nadie escapa, que ya todo está escrito. Si vas a terapia corres el grave riesgo de dejar de culpar al destino, a la vida, a Dios, a tu madre, a tu signo zodiacal, de todo lo que te pasa o no te pasa y empezaras a asumir responsabilidades y eso es muy complicado. Es más fácil ir por la vida haciéndose la boba, la víctima, decir que tú no sabías nada, que actuaste inocentemente; la terapia implica que te hagas cargo de ti y eso, querida, puede ser agotador.

5. Se te activará un mierdometro interno que no dejará espacio al disfrute

Cuando descubres  la mierda de la que has procurado rodearte y te movilizas para no cometer el mismo error, invariablemente se activará  tu mierdometro interno. Si antes veías amor en las escenas de celos incontrolables de tu esposo; si antes creías que esa amiga tuya que se pasaba la vida jodiendote sólo por tu propio bien, después de terapia ya no podrás estar como si nada con aquellas personas con las que aparentemente la pasabas de puta madre. Para eso está el mierdometro; al principio es incontrolable, se pasa todo el día mandandore señales y créeme, no da lugar al disfrute. Con el tiempo, cuando aprendes a diferenciar lo que es amor de la agresión disfrazada, tu mierdometro irá con mas calma, pero que lo sepas… tu mierdometro interno puede hacer tu vida un agobio.

6. No te podrás ocultar ni de ti misma

Va, que por fin te has decidido ir a terapia porque esa relación con tu vecina se está saliendo de control. Llegas a terapia y descubres que no es la vecina el origen del problema, sino algo más profundo; ella es sólo la metáfora  de ese dolor antiguo  que traes cargando muy oculto dentro de ti. Y es que hace mucho años decidiste ocultar ese dolor, encerrarlo en tu alma y perder la llave, y no te das cuenta pero ese dolor, esa cicatriz no cerrada es lo que en verdad te tiene mal y aún así lo niegas, no te atreves a aceptarlo, como  negarias ese flujo verdoso que dejas en las bragas para concentrarte en el catarro que no te da respiro. Y así llegas a terapia,  hablando  del catarro, de esos mocos persistentes y te aferras a ellos, pero el mismo proceso terapéutico te lleva hacia un rincón, sin lugar para huir, e indefectiblemente terminas, pese a tu dolor, hablando  de tus irritantes flujos vaginales, por que sabes que son estos los que te provocan ese dolor que se anida en tu pecho.

7. Ir a terapia no es un vuelo directo a La Felicidad (con mayúsculas)

La terapia por sí sola no trae felicidad; por el contrario, necesitarás ser lo suficientemente honesto contigo mismo como para sentarte a hablar y analizar todos los fantasmas y demonios que viven dentro de ti. La terapia es un camino empedrado que se bifurca. Y habrá ocasiones en que salgas de tu sesión de terapia más jodida de cómo entraste porque tu terapeuta, de la mano de tu pájaro del alma, abrirán esos cajones que creías cerrados para siempre y te harán revivir el recuerdo nefasto de ese tío que todo mundo creía tan simpático, tan buena gente y que tú, solo  tú, que cuando eras niña te quedaste a solas con él,  lo llevas cargando como un lastre muy pesado.

Y pese a ello, a estas siete razones y muchas más, les puedo decir que acudir a terapia ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido porque me ha permitido reinventarme las veces que ha sido necesario. De un año a la fecha acudo a una terapia cognitivo conductual que me ha enseñado, entre otras cosas, a reconocerme ante mi misma; he podido indentificar las rutinas de mis día a día que me acercan a conductas depresivas y  estoy aprendiendo a callar  a esa voz interna que me dice insistentemente que no merezco lo bueno que sucede en mi vida. Como dije, la terapia es un camino que se bifurca y aún me queda mucho por aprender, pero por difícil que sea, el mayor beneficio que ha traído consigo es poder dormir tranquilamente porque no tengo deudas  conmigo misma.

Y ustedes…. se atreven a ir a terapia psicológica?

Que tengan un día a toda madre, Laura

Yo, reinventada

Dripping cake, hecho de bizcocho de mantequilla decorado con buttercream y ganache de chocolate blanco. Detalles de macarrons, chocolates, caramelos, merengues y galletas de mantequilla y royal icing

No sé en que preciso momento amanecí en una sesión de terapia diciéndole a La Terrible Gina, mi terapeuta de entonces, que profesionalmente me sentía harta, fastidiada. Aquella profesión que durante muchos años me hizo sentir dichosa, orgullosa y satisfecha, de pronto me agobió terriblemente y seguir ejerciendo se convirtió en una loza muy pesada que iba cargando y que se tradujo en una migraña de la cual sentía que no podría escapar. Al poco de conocer a Mi Churri aprendí por él que la vida es bella y que mi profesión o aquella islita de mi profesión, estaba llena de fango, de un fango que estaba a punto de revasarme;  pero como dentro de la islita de mi profesión muchas cosas huelen a viejo, a humedad, a mar, a perfume barato y a orines, asumí la peste como parte de la normalidad.

Tomar la decisión de abandonar mi profesión con un currículum muy abultado y habiendo terminado el Doctorado, fue muy complejo. Durante mucho tiempo, mis profesores se aparecían en sueños; ellos, que con paciencia y mucho cariño me formaron, venían a reclamarme mi traición a la causa y, con ello, la traición a mi misma y a mis sueños. Guardar el curriculum que con tanto orgullo, cariño y dedicación fui armando, para empezar de cero uno nuevo, fue un paso difícil que tuve que dar.

Muchas sesiones de terapia después, tomé la decisión y frente a mí sólo vi caras de desilusión al saber mi decisión. Vi sorpresa e incertidumbre en cara de todos ellos, ¿estás segura de lo que estás dejando? parecian preguntarme todos a coro. Si, estaba segura. En esta vida quiero ser feliz, y mi profesiòn, o esa islita de mi profesión, era una maldita circunstancia rodeada de agua, de envidias, de chismes y golpes bajos y de violencia por todas partes y, lo peor es que no me di cuenta de que aprendí a vivir asi, respondiendo a los golpes con mas golpes, sacando lo mejor de mí, y tambien lo peor, porque el que no gritaba, el que no salía con una daga y un escudo bajo el brazo y bajo la lengua, simplemente no comía, no avanzaba, no vivía, es más, no sobrevivía. Y cuando me dì cuenta que habia mejores formas de vivir, de ejercer una profesión, me vino de repente un casancio fulminante, el cansancio acumulado en años y me fui, simplemente me fui.

(Y es que desde afuera de la islita de mi profesión las cosas se veían muy diferentes. Parecía algo muy noble ser parte de la lucha de David contra Goliat, aunque nuestro Goliat, mi Goliat, fuera el símbolo de la justicia y la grandeza humanas. Cuando comencé creí que ayudaría a derribar el muro, a hacer un mundo más justo; con los años empecé a creer que sólo estaba haciendo poroso ese muro aún poniendo en riesgo mi vida. De pronto me di cuenta, después de muchos años, que si quería generar un cambio no podría ser a través de las Humanidades; el tiempo me enseñó que no supe enfocar bien el conflicto general, que no era ni político, ni económico, sino algo frustrado en lo esencial psiquiátrico, parafraseando a uno de los Grandes Maestros. Y si, desde afuera podría parecer algo muy noble pero al interior era la lucha de David contra David).

No sabìa que haría con mi futuro pero, por alguna razon, no me inquietaba. Segura estaba que llegaria algo. Conté con el apoyo de Mi Churri quien, una vez recuperado del shock, me dio su apoyo para que yo encontrara mi camino. Y poco después vino la maternidad y, con ella, la depresión post parto y una serie de mudanzas hasta llegar a esta ciudad.

Durante la depresión post parto me dio por ponerme a hornear. Tenia una enorme necesidad de carbohidratos y azucares y a veces no podia salir a la calle, no sólo porque Cronopio estuviera muy pequeño, sino porque la misma depresión me llenaba de ideas la cabeza y me vi rodeada de miedos que en ocasiones me impedían salir. Fueron semanas, o meses, en las que Mi Churri tuvo que viajar mucho y Cronopio, las gatas, mi depresión y yo, estabamos a nuestras anchas en casa y yo no tenia nadie que pusiera cara de asombro al verme ingerir tales cantidades de pastelitos, tartas y lo que se me pusiera enfrente. Asi que di rienda suelta a mi gula, a mi ansiedad, ¿que no dicen que la lactancia da hambre? Pues a eso me dediqué, a saciar todo lo (in)saciable en mì.

Dripping Cake para una mujer reinventada

De las sencillas madalenas, pase a los cupcakes y de ahi a las tartas y de las tartas al fondant y ya fue cosa de nunca parar. Al mismo tiempo que amamantaba a Cronopio, me hartaba de tutoriales, super emocionada al imaginar que todas las tartas de cumpleaños de Cronopio las haria yo y asi fue como me hice una pastelera aficionada, de esas que reza con devoción para que la tarta no se hunda al centro, para que no este cruda, para que no este seca… y harta estaba yo de que siempre la cagaba en algo y más hartito estaba Mi Churri de que tenía que salir disparado a comprar mantequilla porque tenía yo que repetir la receta … total, que por muchos tutoriales yo no podia obtener resultados plenos. Y asi poco a poco me empecé a formar como pastelera hasta que decidí estudiar pasteleria formalmente, sin imaginar las puertas que estaba a punto de abrir.

Después del Doctorado y con maternidad de por medio, me tocó reinventarme. El proceso de salir adelante después de la depresión mayor me enseñó a reinventarme, a recoger uno a uno los trozos de mi persona, esparcidos por el suelo, para armarme de nuevo cuantas veces ha sido necesario. Después de año y medio de estudiar pastelería me he graduado (de nuevo) y estoy súper agradecida con la vida de poder reinventarme de esta forma.

Reinventarse no es nada fácil. En este caso, me ha conllevado muchísimo trabajo, muchas horas y frustración acumulada, que no ha sido fácil para mí pasar varios días haciendo macarrones y que el resultado sea penoso. Un par de semanas antes de graduarme, tenía que hacer muchos macarrones y me fui a la cama, dos noches seguidas,sintiéndome la peor mierda de este mundo, que no merecía estar entre las graduadas y por la noche me desperté varias veces, pensando en macarrones, y cagandome en la madre del francés que se inventó el mejor método para bajarle la autoestima a cualquier pastelero. Y si , no ha sido facil. Muchas noches en vela con la pasta de goma, con fondant, con Royal icing tratando de obtener resultados por lo menos aceptables y haciendo a un lado la familia, posponiendo momentos y salidas de fin de semana para que yo me dedique al empredimiento desde casa, desde que me decidí a montar mi propio negocio.

(Y si, que soy pastelera, con lo bueno y lo malo, justo como en mi anterior profesión; me sale lo mejor de mí y también lo peor. Ya no es la lucha de David contra Goliat, es la lucha por no dejarte aplastar por tu propio ego, ni los egos de los pasteleros cercanos a ti. Ya no hay difamación (hasta ahora), ni la pelea por sobrevivir, pero es inevitable reír y disfrutar de cuando a otra se le cae la Croquembouche en plena exhibición y se pone a pegarla con palillos, con pegamento, con lo que sea que pueda detener la desgracia de ver caer, uno a uno, los profiteroles. Si, hay gozo, para que negarlo, cuando ves a los concursantes de MasterChef sufriendo lo insufrible cuando no les monta la nata, cuando una inocente crema pastelera se convierte en su peor pesadilla. Si, que los pasteleros somos una raza aparte y podemos arruinar el momento más dulce de una cena diciendo que el betún que todos está comiendo está hecho con la peor grasa vegetal, o aquello de que no se extrañen si cuando van al baño cagan en rojo y es que el pastel que tienen en su boca no es un Red Velvet, sino un bizcocho cualquiera con exceso de colorante. Y ya no como ni disfruto de cuánto pastel se me pone enfrente; paso de largo frente a muchos pasteles, que si voy a ingerir calorías que no sea a lo pendejo y hasta puedo entrar en estado de horror cuando la anfitriona de una fiesta me cuenta, súper orgullosa, de cómo hizo su pastel mientras hablaba por skype, le daba de comer a las gallinas y cocinaba un feijoada; yo, por supuesto, ni siquiera probé el pastel, que ya lo digo yo, no ingiero calorías a lo pendejo).

Me queda mucho trabajo por delante y un curso de especialidad en decoración. ¡Esto no ha hecho más que comenzar!

Y ustedes,  ¿tuvieron que reinventarse en algún momento de sus vidas? Compartan su historia conmigo!

 

 

 

De cuando mi madre se salta los límites y brinca encima de mi cabeza

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Han pasado solo cinco días desde que mi madre llegó a nuestra casa y Cronopio ya me ha soltado varias  frases tipo mamá eres mala”, “mamá maldita” y, el más reciente, “mamá eres más mala que la carne de puerco”, expresión muy usada por mi madre y que ahora en boca de mi hijo no me ha causado ninguna gracia, sobre todo porque se refiere a mí. Yo, la peor de todas, ahora soy más mala que la carne de puerco.  Podría haberme dicho que soy una madre más pesada que la Cuaresma, pero no, soy mala.

No es la primera vez que Cronopio me dice que soy mala, sobre todo cuando no le cumplo alguno de sus caprichos, y seguiré siendo mala si se trata de ponerle límites. Lo que me encabrona es que a ojos de mi hijo, mi maldad se multiplica entre más tiempo pasa con su abuela. Y es lógico. Mi madre está todo el día jugando con él y cumpliéndole sus caprichos; se puede pasar todo el día al pendiente de la respiración del nieto, haciendo todo lo que éste le (pide) exige; es cierto que mi madre se puede pasar en día tumbada al suelo jugando con Cronopio como si los dos tuvieran la misma edad, pero por eso mismo, soy yo la mala-malísima que tiene que poner los límites,  mientras mi madre es la abuela maravilla.

El conflicto se detonó cuando Cronopio me puso al mismo nivel que la carne de puerco. Le hice notar las cosas que le enseña a mi hijo, aplicadas a mí. Mi madre no fue capaz de decirle al nieto “no le hables así a tu madre, respétala”. La abuela maravillas no pone límites, claro, para eso estoy yo y lo único que se le ocurrió decirme fue “regáñalo tu”. Claro, tu le enseñas las tonterías, yo lo tengo que reprender y ante los ojos de Cronopio tu sigues diáfana, mira que lista.

A este drama, ya intenso para esos momentos, hay que agregar que días antes le dijo a mi hijo en dos ocasiones frases relacionadas a que si Cronopio no hacía tal cosa, yo le iba a pegar, “tu mamá te va a dar… tu mamá te va a poner una friega”.  A la segunda vez que le oí este tipo de amenaza le dije que no debía hablarle así.

Y así ibamos en esta familia, in crescendo en el nivel de drama, con una misma situación que se repetía: limites, berrinches, cumplimiento de las órdenes y caprichos del nieto, drama, más límites , más berrinches, tiempo fuera, consecuencias, hasta que recapacité, pensando en que los limites debía ponérselos a mi madre, no a mi hijo.

( Y en el transfondo de todo eso está la defectuosa relación que siempre hemos tenido. Mi madre, una mujer muy trabajadora, que me dio todo lo que podía necesitar,pero que emocionalmente me dejo semi desnuda, nunca me dio el lugar que yo sentía merecer. Desde muy pequeña tuve la sensación y, en ocasiones la certeza,  de que mi madre no me quería tanto como nos hacen creer que una madre puede querer a una hija. Nunca he tenido ni la seguridad ni el sentimiento  de que mi madre me haya dado el lugar que merezco, o creí merecer en su vida.  Ahora de mayor y a base de ir acumulando experiencias decepcionantes, tengo la certeza de que mi madre se ha visto socialmente obligada a quererme; es decir, no muero de amor, no te quiero, es más, te estimo, pero vamos a suponer que te quiero, pero en realidad me cagas, me desesperas, no sé qué hacer contigo y sólo puedo establecer una relación real contigo basada en la falta de respeto.  Así fue durante muchos años la dinámica de la relación con mi madre. Cuantas veces le oí decir que la tenía harta. Y ya de adulta esto no cambio, más que cuando me vio en un hospital psiquiátrico y prácticamente exigí su ayuda, su presencia en mi vida y se quedó ahí unos años, movida por la culpa, hasta que ésta se le agotó.  Y no cesó en demostrar su poco aprecio a mi persona, hasta que se me dio la gana de ser absolutamente feliz y mandarla al carajo… pero ese es otro post). 

No nos engañemos: mi madre volvió a mi vida no por mí, sino por mi hijo, prácticamente su primer y único nieto.  Si no sabes o no tienes la capacidad de darme mi lugar frente a mi hijo, vamos mal. No basta con cuidar a mi hijo con esmero, jugar con el hasta el cansancio, si no me respetas a mi, la relación con mi hijo será difícil no sólo para nosotras, sino para Cronopio mismo. Porque mi madre se va a su casa, a su ciudad, y lo que me  deja es un niño caprichoso, exigente y grosero y que además, ya está empezando a hacer distinciones entre mamá mala y abuela buena. Como ya dije, ella cuida con esmero a mi hijo y eso a mí me aligera la carga de trabajo y puedo dedicarme 8 o 10 horas seguidas a hacer galletas sin preocupación alguna. Mi madre ya se ha jubilado y tiene tiempo y recursos para dedicárselos a mi hijo; desde aquí ella ya juega con ventaja, en tanto yo no puedo ni debo comprarle a Cronopio todo lo que se le antoje y necesito desarrollar mi propio negocio, no para mi  bien exclusivo, sino el de mi familia entera.

Hoy le he dicho a mi madre que sea impecable con las palabras que utiliza en sus juegos con mi hijo. Mi madre es un excelente ejemplar pasivo-agresivo. Sus mejores agresiones las dice en forma de broma y si te ofendes, no tienes sentido del humor. Para joder la vida, se apoya en lo que supuestamente dicen escritores y filósofos. Ósea, no soy yo quien te ofende. Eso lo ha dicho William Shakeaspeare. Mejor dicho, eso dice mi madre que dice Shakespeare, entonces enójate con él, no conmigo. Y a saber si en realidad esas palabras tan ofensivas las dijo Shakespeare o Platón.  Entonces ella queda libre de responsabilidad y además queda como la más culta entre las cultas.

Hoy le he dicho a mi madre que entienda mi situación. Que ella no puede ser la que cumpla caprichos al momento porque cuando llego yo a poner límites, yo soy la mala y en estos días a ojos de mi hijo debo ser la más mala de Malolandia. Y que eso no es justo para mí.  Y que no es justo que sea yo  la que ejecute la amenaza que ella lanza a Cronopio, de que su madre le va a pegar si no obedece. Debo ser hippy o muy moderna, o muy borde, pero esas amenazas me parecen un recurso muy bajo y es que en esta casa sencillamente no las usamos. Del mismo modo, le aclaré, no le permito a mi suegra que le diga a Cronopio  “te voy a dar azotes en el culo“, que será una frase muy común en España pero a mí me importa tres cojones y a mi hijo no le dices esas mierdas. Y es que para mi mamá toda esta verborrea pasivo- agresiva no son más que frases, así, sólo frases.

Hoy le he puesto límites a mi madre y ella no ha perdido la oportunidad de pasarme la factura de que cuida mucho de mi hijo,  justo como hacía antes para chantajearme diciéndome “yo te cuidé cuando tu depresión “, como si ambas cosas me crearan una deuda impagable con ella, que le da libertad para hacer lo que le da la gana.

Hoy le he puesto límites a mi madre y hoy mi madre me  ha lanzado la más baja de sus manipulaciones: la estoy humillando.  Lo que para mí es sanar la relación y evitar que se salga de control, para ella es una humillación; en resumidas cuentas, Cronopio tiene razón: soy más mala que la carne de puerco.

Nunca he dejado de reconocer lo mucho que cuida de Cronopio, le he dicho, pero asumir los límites como una humillación esa una opción que ella ha escogido, porque es la que mejor le acomoda.  Así se lo he hecho saber. Esa humillación de la que hablas es tu opción, solo eso. Me despedí de ella, bajé del auto y agradecí todos mis  años en Terapia  Gestalt.

(Dedicado a La Terrible Gina, con quien compartí los viernes  en nuestra entrañable Narvarte; por esas mañanas en las que me descomponía totalmente y, al mismo tiempo,comenzaba a armar un nuevo modelo de mujer)

Viviendo con el Perro Negro

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Remedios Varo, Mujer saliendo del psicoanalista (1960)

Todos aquellos que hemos conocido al Perro Negro y sabemos lo que significa que éste se haya instalado permanentemente en cada rincon de nuestra vida, celebramos que el Dia Mundial de la Salud 2017 haya sido dedicado a la Depresión.

La depresion no se quita echándole ganas, ni rezando; se supera únicamente con un tratamiento psiquiátrico y psicológico integrales. Ayudemos a superar los estigmas que pesan sobre este tipo de enfermedades. Ir a una consulta psiquiátrica puede parecer una locura, pero no lo es; significa dar el primer gran paso hacia una vida más sana. La depresión incapacita, te quita vida; con medicamentos y terapia yo salí adelante y hoy puedo decir que día a día le voy ganando batallas a este perro negro que es la depresión.

Las invito a ver este video que explica a la perfección lo que significa vivir con depresión.

 

 

Me dedico este post a mí; la depresión me dio la oportunidad de descubrir que lo mas valioso que tengo soy yo y como dije ya en otra ocasión, en una visita al psiquiatra estaba colgada un anuncio de Prozac con una frase de Albert Camus que se volvió mi lema de vida: “en lo más oscuro del bosque aprendí que dentro de mí yace un verano invencible”.

Y ustedes, ¿han vivido con el Perro Negro?

Kate, una madre como tu

 

Hace tiempo, cuando aún no teníamos Netflix en esta casa, y estábamos un poco abrumados con el cambio de ciudad, Mi Churri y yo nos decidimos a contratar un sistema de televisión por cable por vez primera en nuestra vida juntos. Teníamos más de 300 canales para ver todo tipo de mierda pero de entre toda la amplia programación, yo seguía con atención un canal dirigido a mujeres. Había  un programa hecho en Reino Unido sobre las dificultades que enfrentaban diversas mujeres embarazadas,la mayoría de ellas muy jóvenes; las historias se centraban en sus llevaban muy mal el embarazo por sus malos hábitos con el cigarro, el alcohol y la comida chatarra y mediante  un seguimiento profesional las chicas iban tomando conciencia de la importancia de cambiar drásticamente sus hábitos . Solo hubo un par de casos de madres con más edad que dedicaban demasiadas horas al trabajo y  cuyo ritmo de vida estaba afectando su embarazo.

Me gustaba este programa porque ofrecía una imagen más de como puede ser de difícil la vida de una embarazada; si bien nunca me identifiqué con ninguna de ellas en lo específico, el programa me parecía un acierto por la posibilidad de servir  para otras madres en situaciones similares, además, como ya he dicho muchas veces aquí, aborresco las imágenes del embarazo idealizado y llevado a niveles  prácticamente inexistentes.

Cuando me preguntan para cuando el siguiente bebe solo puedo pensar en que no quiero volver a pasar por las dificultades que tuve en mi embarazo de Cronopio. Físicamente mi cuerpo respondió de maravilla a pesar de la edad y de los malos augurios de algunos médicos. En algún momento después de esas 38 semanas pude comprender que a las mujeres nos preparan físicamente para ser madres, pero nunca a nivel emocional, a pesar de que convertirte en madre es las experiencia física y emocional más grade que puedas tener en tu vida. Solo hasta que tienes a tu criatura en brazos es que te das cuenta de que emocionalmente estamos prácticamente desnudas y que, a fuerza de coraje, te tienes que reinventar como mujer, en el mejor de los casos. En mi caso, necesité apoyo psicológico y psiquiátrico pero eso vino poco antes de que Cronopio cumpliera el año, cuando yo estaba en plena depresión post parto, ya que  nunca pude imaginarme que mi embarazo lo viví con depresión.

No pude darme cuenta de ello porque, como todas, viví rodeada de imágenes de mujeres con embarazos idílicos y en lugar de cuestionar esas imágenes, asumí que yo era una especie de bicho raro con unas hormonas súper locas y como socialmente me sentía incapaz de cumplir con el estereotipo de mujer embarazada, mejor me aislé. No quería hablar con nadie porque no me sentía con la fuerza emocional  para decirles que me sentía muy jodida, muy desorientada y sin ganas de prácticamente nada; que no me hacía ilusión preparar la llegada de mi hijo comprando cuanta bobería hay en el mercado. (Y si a esto agregas que cuando estás embarazada la gente se creee con el divino derecho de preguntarte lo que les viene en gana…. se me quitaban las fuerzas por completo).

Recientemente se celebró en Reino Unido el día de la madre y aproposito de esto la princesa Kate Middelton habló sobre lo maravilloso y satisfactorio que es ser madre, sin dejar de mencionar el enorme desafío que representa. En este discurso Kate ha hecho una enorme diferencia al hablar sobre el cambio de identidad que representa ser madre, sobre el stress, sobre lo insegura e ignorante que te puedes sentir al tener en brazos a tu hijo y todo dentro de una mezcla de sentimientos de alegría, agotamiento, amor y preocupación.

“Es imposible estar verdaderamente preparada para la abrumadora experiencia que supone ser madre…tenemos la presión de ser la madre perfecta y fingimos que podemos con todo y disfrutamos cada minuto. Está bien hablar de lo maravilloso pero también hablar del stress y del esfuerzo”

“No pasa nada por concebir a la maternidad como algo difícil y pedir ayuda no debe entenderse como señor de debilidad”

Las palabras de Kate tuvieron como contexto el apoyo que ella brinda a la asociación benéfica Best Beginnings, la cual ha lanzado  Out of the Blue, una serie de cortos y documentales sobre la salud mental de las madres desde el embarazo hasta el post parto, brindando herramientas para que las mujeres sepan que es lo “normal” sentir, cuáles son los signos de depresión y como son los lazos que se establecen con el bebe. Out of the blue  cuenta con cortos en donde los padres ya en recuperación cuentan su experiencia con su salud mental y su paternidad.

Aprecio mucho que Kate, la madre que es a nivel público, sea una madre imperfecta como todas nosotras; que haya exhibido públicamente su divina barriga post parto y que, quizá fuera de todo protocolo, haya mostrado su mejor cara de encabronamiento ante uno de sus hijos. Y creo que aquí es precisamente donde radica nuestra gran diferencia con Kate-madre: nosotras nos empeñamos en mostrarnos como las madres perfectas,sin agobios; parece que públicamente nos importa mucho la imagen que proyectamos como madres. Parece  que tenemos terror a ser juzgadas por otras madres, a no dar el ancho,a mostrarnos cómo seres vulnerables y todo con el afán de cumplir con un modelo de maternidad que nos han vendido desde que éramos pequeñas.

No dudo ni un tantito que  Kate tenga  una corte de personas solucionándole la vida; que ella no tenga que salir a toda prisa para ir a recoger a los niños al colé; seguramente ella   no tiene que estirar el presupuesto mensual  ni tiene una aplicación en el móvil que le indica dónde hay ofertas de pañales. Nunca sabremos como es esta madre a nivel privado. No dudo ni un momento que seguramente tuvo sus malos momentos y que su maternidad sea difícil, en tanto ella no es la única que educa a sus hijos.

Por ello me encanta Kate, porque a pesar de ser una madre singular ha buscado vincularse y crear empatía con las madres en general y darle visibilidad a un tema prácticamente inexistente: la salud mental de las madres.

Y a ti, ¿que te parece que gente famosa de visibilidad a este tipo de problemáticas?

 

 

 

 

 

La depresión, querida amiga

prozac

Prozac, mi compañera bicolor, que durante años fue una especie de bastón.

Cuando andaba allá por los veintitantos años enfrenté formalmente mi primer periodo depresivo mayor. Digo formalmente porque aunque anteriormente ya había pasado por periodos sumamente difíciles, nunca tuve la oportunidad de ser atendida sencillamente porque no sabía qué diablos pasaba conmigo. Hasta los veintitantos recibí atención de profesionales, como psiquiatras y psicólogos y, debo decirlo, en un principio me daba mucha vergüenza hablar del tema. Muy poca gente dentro de mi entorno sabía que yo iba a un hospital psiquiátrico pues quería evitar que la gente me imaginara usando una camisa de fuerza. Son tantos los prejuicios que se tienen sobre las enfermedades psiquiátricas que decidí no decir nada.   Hasta que yo normalice mí relación con mi propia enfermedad, me quité de penas y fue así como mis amigos y demás familiares sabían lo que me estaba sucediendo.

Desde entonces, para mí no representa la menor vergüenza hablar de mi etapa psiquiátrica más intensa; de todos esos años de cruzar la ciudad para ser atendida en un hospital psiquiátrico, de tomarme no sé cuántas pastillas al día, de salir a caminar por esta gran ciudad y caminar durante horas del brazo de mi madre, para que yo no cayera, para que yo generará endorfinas y para que me olvidara unos momentos de esto que formalmente se llama “periodo depresivo mayor”.

No es que yo vaya por la vida con un letrero que diga “Cuidado. Estoy altamente medicada y voy al psiquiatra”. Nada de eso. Simplemente que cuando se da la ocasión y si alguien lo pregunta o se dice una barbaridad sobre la depresión, yo hablo de mi experiencia. No me avergüenza en nada. Es una historia de lucha, de tesón y de mucha persistencia.

La depresion, hoy día, es una de las enfermedades que más discapacidad causan y, pese a ello, se le conoce tan poco.

Cuando yo estaba embarazada me abrí blog que se llamaba “Esperando a Cronopio”,  donde intenté escribir toda la confusión de esos meses, pero a mí misma me parecía una locura hacerlo. Por ello es que, ya con más herramientas y más fortalecida, posteriormente decidí abrir este blog, para compartir mi experiencia con la depresión y la maternidad. Es cierto que les debo muchos más post sobre este tema, del que debo seguir ahondando e insistiendo. Seguro que la depresión post parto seguirá haciendo de las suyas;  mi deseo es que cada vez haya más mujeres informadas sobre el tema, para que tengan más armas para enfrentarla y, sobre todo, para que no se sientan aisladas o bichos raros.

Caro López Moya, Mamá Resiliente, me ha entrevistado sobre mi depresión post parto. Les comparto esta entrada con mi testimonio escrito desde mis entrañas. ¡Espero les guste!

img_0121https://lamoleskinedemama.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=757&action=edit

Esta entrevista es una idea que surgió cuando dejaste un comentario en mi entrada sobre “depresión postparto”. ¿Cuándo te diste cuenta de que la habías padecido?

Prácticamente hasta que Cronopio, mi hijo, cumplió nueve meses. Poco antes de cumplir 25 años tuve que ser atendida por un periodo depresivo mayor, que me llevó a estar medicada y atendida por psiquiatras y psicólogos. Fue una etapa bastante dura para mí pero salí adelante, a veces a contracorriente, pero pude cumplir mis sueños, que eran viajar y estudiar (y por estudiar, estudié hasta un Doctorado). Así que cuando tú hablas de resiliencia sé muy bien de qué estás hablando, porque si alguna palabra me define es precisamente la resiliencia. A pesar de conocer tan bien a la depresión y, de cierta forma, hacerla mi amiga y compañera de vida, cuando me embarazacé y parí, no supe identificarla.

El embarazo y el post parto fueron sumamente difíciles y hasta que me detuve un momento a analizar mis miedos, es que tomé la decisión de hacer algo. Me daba miedo ducharme con mi hijo, pensaba que en cualquier momento iba a salir un enorme chorro de agua hirviendo y nos iba a dejar calcinados a ambos. Ir por la calle con él en su sillita era algo que me llegaba a paralizar pues creía que de la nada saldría un auto que pasaría encima de nosotros. Así puedo decirte muchos de los miedos y angustias que tenía; lo que me hizo recapacitar es cuando me di cuenta que yo quería huir del mundo y lo hacía metiéndome horas debajo de las mantas. Y mi hijo empezó a jugar y a gatear debajo de ellas. Me dolió tanto esa imagen de él que en ese momento pensé que tenía que hacer algo y me di cuenta, por fin, que estaba pasando por otro periodo depresivo mayor.

Quieres seguir leyendo? Aquí te dejo la entrevista completa, no te la pierdas!