Yo, reinventada

Dripping cake, hecho de bizcocho de mantequilla decorado con buttercream y ganache de chocolate blanco. Detalles de macarrons, chocolates, caramelos, merengues y galletas de mantequilla y royal icing

No sé en que preciso momento amanecí en una sesión de terapia diciéndole a La Terrible Gina, mi terapeuta de entonces, que profesionalmente me sentía harta, fastidiada. Aquella profesión que durante muchos años me hizo sentir dichosa, orgullosa y satisfecha, de pronto me agobió terriblemente y seguir ejerciendo se convirtió en una loza muy pesada que iba cargando y que se tradujo en una migraña de la cual sentía que no podría escapar. Al poco de conocer a Mi Churri aprendí por él que la vida es bella y que mi profesión o aquella islita de mi profesión, estaba llena de fango, de un fango que estaba a punto de revasarme;  pero como dentro de la islita de mi profesión muchas cosas huelen a viejo, a humedad, a mar, a perfume barato y a orines, asumí la peste como parte de la normalidad.

Tomar la decisión de abandonar mi profesión con un currículum muy abultado y habiendo terminado el Doctorado, fue muy complejo. Durante mucho tiempo, mis profesores se aparecían en sueños; ellos, que con paciencia y mucho cariño me formaron, venían a reclamarme mi traición a la causa y, con ello, la traición a mi misma y a mis sueños. Guardar el curriculum que con tanto orgullo, cariño y dedicación fui armando, para empezar de cero uno nuevo, fue un paso difícil que tuve que dar.

Muchas sesiones de terapia después, tomé la decisión y frente a mí sólo vi caras de desilusión al saber mi decisión. Vi sorpresa e incertidumbre en cara de todos ellos, ¿estás segura de lo que estás dejando? parecian preguntarme todos a coro. Si, estaba segura. En esta vida quiero ser feliz, y mi profesiòn, o esa islita de mi profesión, era una maldita circunstancia rodeada de agua, de envidias, de chismes y golpes bajos y de violencia por todas partes y, lo peor es que no me di cuenta de que aprendí a vivir asi, respondiendo a los golpes con mas golpes, sacando lo mejor de mí, y tambien lo peor, porque el que no gritaba, el que no salía con una daga y un escudo bajo el brazo y bajo la lengua, simplemente no comía, no avanzaba, no vivía, es más, no sobrevivía. Y cuando me dì cuenta que habia mejores formas de vivir, de ejercer una profesión, me vino de repente un casancio fulminante, el cansancio acumulado en años y me fui, simplemente me fui.

(Y es que desde afuera de la islita de mi profesión las cosas se veían muy diferentes. Parecía algo muy noble ser parte de la lucha de David contra Goliat, aunque nuestro Goliat, mi Goliat, fuera el símbolo de la justicia y la grandeza humanas. Cuando comencé creí que ayudaría a derribar el muro, a hacer un mundo más justo; con los años empecé a creer que sólo estaba haciendo poroso ese muro aún poniendo en riesgo mi vida. De pronto me di cuenta, después de muchos años, que si quería generar un cambio no podría ser a través de las Humanidades; el tiempo me enseñó que no supe enfocar bien el conflicto general, que no era ni político, ni económico, sino algo frustrado en lo esencial psiquiátrico, parafraseando a uno de los Grandes Maestros. Y si, desde afuera podría parecer algo muy noble pero al interior era la lucha de David contra David).

No sabìa que haría con mi futuro pero, por alguna razon, no me inquietaba. Segura estaba que llegaria algo. Conté con el apoyo de Mi Churri quien, una vez recuperado del shock, me dio su apoyo para que yo encontrara mi camino. Y poco después vino la maternidad y, con ella, la depresión post parto y una serie de mudanzas hasta llegar a esta ciudad.

Durante la depresión post parto me dio por ponerme a hornear. Tenia una enorme necesidad de carbohidratos y azucares y a veces no podia salir a la calle, no sólo porque Cronopio estuviera muy pequeño, sino porque la misma depresión me llenaba de ideas la cabeza y me vi rodeada de miedos que en ocasiones me impedían salir. Fueron semanas, o meses, en las que Mi Churri tuvo que viajar mucho y Cronopio, las gatas, mi depresión y yo, estabamos a nuestras anchas en casa y yo no tenia nadie que pusiera cara de asombro al verme ingerir tales cantidades de pastelitos, tartas y lo que se me pusiera enfrente. Asi que di rienda suelta a mi gula, a mi ansiedad, ¿que no dicen que la lactancia da hambre? Pues a eso me dediqué, a saciar todo lo (in)saciable en mì.

Dripping Cake para una mujer reinventada

De las sencillas madalenas, pase a los cupcakes y de ahi a las tartas y de las tartas al fondant y ya fue cosa de nunca parar. Al mismo tiempo que amamantaba a Cronopio, me hartaba de tutoriales, super emocionada al imaginar que todas las tartas de cumpleaños de Cronopio las haria yo y asi fue como me hice una pastelera aficionada, de esas que reza con devoción para que la tarta no se hunda al centro, para que no este cruda, para que no este seca… y harta estaba yo de que siempre la cagaba en algo y más hartito estaba Mi Churri de que tenía que salir disparado a comprar mantequilla porque tenía yo que repetir la receta … total, que por muchos tutoriales yo no podia obtener resultados plenos. Y asi poco a poco me empecé a formar como pastelera hasta que decidí estudiar pasteleria formalmente, sin imaginar las puertas que estaba a punto de abrir.

Después del Doctorado y con maternidad de por medio, me tocó reinventarme. El proceso de salir adelante después de la depresión mayor me enseñó a reinventarme, a recoger uno a uno los trozos de mi persona, esparcidos por el suelo, para armarme de nuevo cuantas veces ha sido necesario. Después de año y medio de estudiar pastelería me he graduado (de nuevo) y estoy súper agradecida con la vida de poder reinventarme de esta forma.

Reinventarse no es nada fácil. En este caso, me ha conllevado muchísimo trabajo, muchas horas y frustración acumulada, que no ha sido fácil para mí pasar varios días haciendo macarrones y que el resultado sea penoso. Un par de semanas antes de graduarme, tenía que hacer muchos macarrones y me fui a la cama, dos noches seguidas,sintiéndome la peor mierda de este mundo, que no merecía estar entre las graduadas y por la noche me desperté varias veces, pensando en macarrones, y cagandome en la madre del francés que se inventó el mejor método para bajarle la autoestima a cualquier pastelero. Y si , no ha sido facil. Muchas noches en vela con la pasta de goma, con fondant, con Royal icing tratando de obtener resultados por lo menos aceptables y haciendo a un lado la familia, posponiendo momentos y salidas de fin de semana para que yo me dedique al empredimiento desde casa, desde que me decidí a montar mi propio negocio.

(Y si, que soy pastelera, con lo bueno y lo malo, justo como en mi anterior profesión; me sale lo mejor de mí y también lo peor. Ya no es la lucha de David contra Goliat, es la lucha por no dejarte aplastar por tu propio ego, ni los egos de los pasteleros cercanos a ti. Ya no hay difamación (hasta ahora), ni la pelea por sobrevivir, pero es inevitable reír y disfrutar de cuando a otra se le cae la Croquembouche en plena exhibición y se pone a pegarla con palillos, con pegamento, con lo que sea que pueda detener la desgracia de ver caer, uno a uno, los profiteroles. Si, hay gozo, para que negarlo, cuando ves a los concursantes de MasterChef sufriendo lo insufrible cuando no les monta la nata, cuando una inocente crema pastelera se convierte en su peor pesadilla. Si, que los pasteleros somos una raza aparte y podemos arruinar el momento más dulce de una cena diciendo que el betún que todos está comiendo está hecho con la peor grasa vegetal, o aquello de que no se extrañen si cuando van al baño cagan en rojo y es que el pastel que tienen en su boca no es un Red Velvet, sino un bizcocho cualquiera con exceso de colorante. Y ya no como ni disfruto de cuánto pastel se me pone enfrente; paso de largo frente a muchos pasteles, que si voy a ingerir calorías que no sea a lo pendejo y hasta puedo entrar en estado de horror cuando la anfitriona de una fiesta me cuenta, súper orgullosa, de cómo hizo su pastel mientras hablaba por skype, le daba de comer a las gallinas y cocinaba un feijoada; yo, por supuesto, ni siquiera probé el pastel, que ya lo digo yo, no ingiero calorías a lo pendejo).

Me queda mucho trabajo por delante y un curso de especialidad en decoración. ¡Esto no ha hecho más que comenzar!

Y ustedes,  ¿tuvieron que reinventarse en algún momento de sus vidas? Compartan su historia conmigo!

 

 

 

Mis súper poderes de madre (o de cómo me convertí en mamá emprendedora)

cups

Desde que soy madre  detesto los relatos de las madres súper poderosas que con un aire de liviandad y relajación inauditos, parecen tener el control sobre cada asunto de su vida; al mismo tiempo que van súper peinadas y montadas en unos zapatos altísimos, parecen gestionar con gran facilidad todo lo relacionado con sus hijos, trabajo, marido, relaciones públicas, gimnasio, redes sociales, hobbies y cada rincón  de su vida personal. No sólo me cuesta creer  la total veracidad de esos relatos, sino que no me indentifico con ellos.

La primera súper mujer que conocí fue mi suegra, por supuesto. Cronopio tenía seis meses de edad y yo el mismo tiempo sin dormir bien y con depresión post parto. Se notaba a leguas que no la estaba pasando bien; pese a ello y con un hijo que hasta el momento no conocía la ropa sin arrugas, mi suegra, muy ancha ella, tenía que soltar una de sus joyas: ella nunca había dejado de hacer todo lo que  le gustaba aún con dos hijos; cuando ellos se levantaban, ya tenían en la mesa la fruta finamente picada (que se note que dijo finamente picada, no un vulgar plátano al que tu hijo le quita la cascara en dos segundos).  La intensa jornada de mi suegra incluía café con las amigas, visita rápida a la peluquería, dejar comida y mesa lista a la una de la tarde y marcharse por los hijos al colegio, entre doscientas cosas más para terminar su día sentada viendo las noticias mientras le  cosía a sus hijos la proxima colección de ropa primavera-verano. Y todo lo hacía sin despeinarse. Desde ese momento tomé conciencia que no hay vara más dura para medir a una madre, que la vara de otra madre.

Hoy me queda claro que este tipo de relatos están hechos en base a algunos hechos reales y  adornados con ficción pura; son historias diseñadas para que la que la cuenta, se luzca como una mujer extraordinaria,mientras que tu,  madre primeriza que desde hace siglos no se afeita las piernas y que piensa que nunca va a recobrar la cordura, te sientes un poco mierda y mucho más agobiada  aún con la mitad de cosas que hace tu suegra en un día.  Escuchas a estas mujeres extraordinarias y sientes que has perdido el control de absolutamente todo lo que tiene que ver con tu vida y ni siquiera tienes la menor idea de cuándo o dónde recuperarlo.

Hoy día puedo decir que yo también soy una de esas madres súper poderosas; una madre que  cual camioneta todo terreno   va saltando los baches y  los obstáculos que se le ponen en el camino. Eso sí, yo termino el día bastante jodida y hace ya un ratote que no voy a la peluquería. Las dos ultimas veces mi paso por este lugar fue un tanto patético: aprovechando que Cronopio necesitaba con urgencia un corte de pelo, lo lleve a un lugar ad hoc para niños y yo, con ojos de perro hambriento, le pedí a la peluquera si podía cortarme el pelo . A la salida me dieron un regalito, justo como hacen con todos los niños que se dejan cortar sin dramas.

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A raíz de que empecé a estudiar pastelería, descubrí lo mucho que me apasiona y decidí emprender mi propio negocio desde casa. Se trata de Hornear, Comer, Amar, galletas y pasteles personalizadados y hechos sobre pedido. Regalaba muchas galletas y pasteles y a donde quiera que me invitaban llevaba algo para que la gente lo probará; sin embargo, tenía que dar un paso más allá, pero, ciertamente, no sabía hacía dónde. Después de tomar mi segundo curso con Yuri O. Villela decidí emprender mi propio negocio. Yuri no sólo es la mejor galletera de este país, sino una chica excepcional que comparte su experiencia de vida  en el mundo de la repostería, de cómo  ella, de ser una madre deprimida y frustrada con su vida laboral (justo como yo), se puso a hacer galletas y  a base de trabajo constante y disciplina, hoy es quien es. Cuando ella vino a mi ciudad en octubre, salí con un cúmulo de ideas y, lo que es mejor, me convencí de que yo también saldría adelante. En diciembre me dediqué a hacer cerca de 300 galletas (y algunos pasteles), de las que vendí absolutamente todas. Mi Churri, que me apoya en cada locura que hago, me promocionó en su trabajo y prácticamente se convirtió en mi agente de ventas; también conté con el apoyo de conocidas que me permitieron promocionarme en sus negocios y aquí estoy…. horneando mucho, comiendo poco y amando lo que hago.

 

No ha sido fácil. He tenido que planificar mis tiempos al máximo, dejar a un lado algunas cosas, olvidarme de leer media hora antes de dormir y, en  muchas ocasiones, olvidarme por completo de la casa para concentrarme en la cocina. Han sido días de comer comida de la fondita, de tener montones de ropa limpia apilada arrugándose en un rincón. Han sido semanas de no comunicarme con los amigos, ni ponerles un whatsapp. O días en que Mi Churri y Cronopio se han marchado todo el día a buscarse algo que hacer fuera de casa para que yo pueda avanzar con mi trabajo.

El único sabor agridulce que me queda en la boca es en relación con mi hijo. Aún debo aprender a manejar las culpas que me  ocasiona no ponerle la debida atención en los momentos de más trabajo; todo esto quizá se traduzca para él en que ya no lo quiero  tanto como antes, o que por lo menos ya no es mi centro de atención y estas ideas que sólo yo supongo, me causan culpa, malestar y, de cierta forma, me hacen sentir que estoy haciéndole daños irreparables en su vida (suena cursi pero de verdad lo he pensado). Por otro lado, me tranquiliza saber que el está creciendo bajo mi mirada y en su casa, y que no tenemos que pasar por la difícil situación, a veces dramática, que padecen otras madres a las que sus horarios laborarles sencillamente les impiden conciliar y, por ello, tienen que dejar a sus criaturas con la vecina, con la prima de una amiga o con quien se pueda, sin  tener que gastarse más de la mitad de su salario en pagar niñeras. ¿Qué hacen las madres que trabajan fuera de casa cuando los hijos se enferman y no pueden echar mano de los abuelos? ¿Qué hacen ellas los últimos viernes de mes cuando la mayoría de los niños de este país no van al colegio por disposición de la autoridades educativas?  Cronopio está  en su casa, es cierto que a veces bastante harto y que el quisiera ir al parque o que jugasemos  todo el día, pero hay ocasiones en que no puedo darle todo lo que él me demanda, pero eso sí,  él está  seguro en su casa, bajo mi mirada (lo que también es cierto, es que Cronopio ahora tiene una madre mucho más feliz y que poco a va empoderandose).

Son unas cosas por otras. Me siento feliz de descrubrir mis súper poderes: transformar poco a poco mi vida, explotar mis pasiones y claro, convertir la harina, la mantequilla y el azúcar en cosas lindas.

Todas tenemos súper poderes, ¿ya sabes cuál es el tuyo o estás en vías de descubrirlo? ¡Compárteme tu experiencia!