Los amigos de mi hijo y sus madres (La Puta Ama y Chocho Morenote)

No es mi intención escogerle los amigos a Cronopio, ni mucho menos, pero seamos sinceras, por pequeños que sean nuestros hijos tratamos de influir en sus relaciones sociales, sobre todo si la madre del presunto amigo nos cae bien, pero con más razón, si la madre del susodicho amigo nos cae como patada al higado. Del primer año de guarde de Cronopio aún frecuentamos a algunos de sus amiguitos, sencillamente porque las madres nos llevamos muy bien.  Tambien sucede que la madre es un amor de persona y es la chica que quieres que sea tu best friend forever, pero su niño es un pequeño talibán en potencia con pocos límites; en esos casos, por simpática que sea la madre, si tu hijo la pasa mal, si cada reunion él y otros niños, salen arañados, golpeados o pateados, das marcha atrás y adiós a tu prospecto de amiga.

He pasado por situaciones que me hacen pensar qué tal o cual niño no es el tipo de amigo que quiero para mi hijo, no por el niño en sí, sino por el ambiente en el que éste se desarrolla. A riesgo de ser calificada como madre controladora por excelencia, les comparto mis experiencias sobre algunas dificultades en relación a los amigos que Cronopio está empezando  a hacer.

El año pasado, cuando aún estaba en la guarde,  había un chico del que Cronopio me hablaba con especial emoción. Conocí a la madre y  fui a fiestas infantiles y convivimos tantas veces como pudo aguantar mi espíritu ya que el curso pasado (a diferencia de este) me era casi un martirio convivir con las madres del cole pero aún así, asistí a las reuniones siempre con la opción de hacerme una realidad alterna que me mantuviera alejada del lugar. Seguro que algunas madres ahí pensaron que estaba medio ida de la cabeza porque yo siempre estaba huida, en otra parte.  Era mi forma de permanecer largo rato en las reuniones, hasta que le presté atención a la madre del amigo de Cronopio.

La Puta Ama  era tan pobre que no hacía otra cosa más que hablar de todas sus pertenencias. Sus cartas de presentación fueron sus estudios de maestría y su casa en el barrio más lujoso de la ciudad. Cualquier cosa de la que esta señora hablara iba aderezada con detalles sobre sus pertenecías, sus lujos y su estilo de vida. Y como el pecho de esta señora no era bodega, se soltó contando su dia a dia, con todo y tragedias. Al nacer su hija le diagnosticaron sordera total irreversible (tragedia uno, muy respetable y comprensible). En ese momento no estaban sus padres a su lado (tragedia dos), sino en Sudafrica siguiendo los juegos de la seleccion mexicana en la Copa del Mundo (tragedia tres, pero esa va por mi cuenta); tuvieron que salir inmediatamente de Sudafrica por lo que no pudieron ver como perdia la seleccion nacional (tragedia cuatro). Claro, comprar billetes de avión de ultima hora, menudo dineral, pero esto no cuenta como tragedia para ella. Ya con sus padres en casa llegó la calma pues decidieron que irian al mejor especialista del mundo, si, del mundo, como si tuvieran que ir hasta la India (gran tragedia, ir a la India, con las diarreas que iban a coger ahi). Pues esta serie de tragedias tuvo buen final: resultó que por aquellas cosas raras del destino, en los dias en que  Plutón se alineaba con Sagitario, el mejor especialista del mundo, si, del mundo, vivía y daba consulta en este pueblo. Que suerte tienen algunas. Y si, el mejor especialista del mundo dijo que la niña tenia una bobería curable con un par de ibuprofenos. Lo que pudo ser un relato sencillo sobre los grandes sustos que nos dan los hijos y lo fácil que pueden resolverse, se tornó entonces en el gran relato que dejaba claro que ella no era una chica cualquiera, que  no era una más en el barrio, ella era la nalga más parada del pueblo… La Puta Ama.

Nunca fue mi intención competir con La Puta Ama, ni siquiera sacar a relucir mis triunfos, ni lo que yo habia hecho con mi vida. Desde el primer chat  ella estableció sus limites y, de forma indirecta, marcaba la pauta… y todas la seguiamos, unas por conviccion, otras por conveniencia y unas más, como yo, preferiamos irnos despacio conociendo a las demas madres. En las fiestas ella marcaba tendencia al hablar, tenia una asquerosa necesidad de ser escuchada, de hablar y hablar de sí misma y todos asumimos el rol de escuchas. Nos comportamos muy politicamente correctos y nadie ahí dijo esta boca es mia, hasta que directamente y sin escalas me preguntó que camioneta tenía  yo. ¿Camioneta? Yo no tengo camioneta, querida, ni nada que se le parezca porque sencillamente yo no sé conducir. Su cara era un poema. ¡¡¡¿¿No tienes camioneta!!?? ¡¿Cómo le haces?! (por favor,  agreguen a este relato una docena de emoticones con cara de horror, tristeza y asco). Es muy facil, contesté. En internet hay un plano de la ciudad con todas las rutas del transporte publico; escribo donde estoy, a donde quiero ir y listo. Pobrecilla, le habrá dado una diarrea cerebral al imaginar que una de las madres del colegio se movia en transporte publico. Y con la distorsionada idea que hay en este pueblo de relacionar la pobreza al uso del transporte público, ya se imaginarán… asquito mil.

El colmo de la presunción tuvo su pináculo cuando dijo que su esposo media 1.92, para enseguida preguntarnos a cada una por la estatura de nuestros respectivos maridos. Hartita estaba ya de oírla que cuando fue mi turno de hablar sólo pude decirle con cierto tono de decepción que mi esposo, con todo y tacones, no alcanzaba a medir los 1.92 mt  de su marido. Silencio total. Todas me vieron con cara de la has cagado con la rica del pueblo, con la nieta del ex gobernador, con esta chica tan amable que nos llevará a su rancho, vaya, que metida de pata con La Puta Ama. Hasta aquí llegó mi participación en las reuniones con los amigos de la guarde, me cansé de ser una expectadora pasiva de la La Puta Ama y su necesidad de ser admirada y reconocida por sus oros; además, sus relatos eran aburridos, planos, carentes de gracia. No hubo ni una pizca de emoción cuando  nos contó de la inauguración de una nueva sucursal de negocio del marido; ni un asomo de euforia o de fervor en su historia de cuando se hizo cargo de la casa hogar que fundó su abuela, pero su semblante se llenó de gozo al recordarnos,  una vez mas, que su abuelo fue gobernador y, por lo tanto, su abuela la primera dama del pueblo.

Claro que el amigo de Cronopio no tenía responsabilidad alguna de las burradas que decía su madre, pero decidí poner espacio de por medio. Por suerte la cosa no llegó a mayores porque a Cronopio lo cambiaron de aula y, con ello, cambió de amigos.

Hoy Cronopio tiene unos cuantos amigos favoritos, algunos cuyas madres son un encanto y otra… bueno, qué les cuento…

Cronopio y el hijo de la  Chocho Morenote (también conocida como la Morena Peroxido) se adoran, por ello yo pasaba por alto que ella fuera abusiva y bastante vale madres para algunas cosas, sobre todo las cosas de los demás. Un día la auxiliar del aula me dijo que el niño de la Chocho Morenote se había orinado y le habían prestado las chanclas que mi hijo tenía de repuesto. No hubo problema hasta que pasaron tres meses y ni rastro de regresar las chanclas al colegio; le mandaba whatsapp que no contestaba, como no contestaba mis llamadas. Que si,  que eran unas chanclas cualquiera, pero eran las chanclas que la  habían salvado de llevarse a su hijo descalzo y que debía regresarlas al colegio, de la misma forma en que yo regresaba aquellas prendas que le prestaban a mi hijo. Hasta que me encontré a  Chocho Morenote  de camino al colegio y le dije que por favor regresara las chanclas.  No tenía ni puta idea de lo que yo le hablaba. O por lo menos fingió desconocimiento, o amnesia  y seguramente, ante sus ojos quedé como una muerta de hambre por  armar tal desmadre por unas chanclas de mierda, pero que son ¡¡mis chanclas!!  Yo sé perfectamente los zapatos,chanclas y ropa que tiene Cronopio y perfectamente podría identificar cuando algo no es de él sobre todo porque las chanclas de marras tenían un  “Cronopio” escrito con plumón indeleble. Pues si, me quería ver la cara de tonta y así ha sido;  ha pasado casi un año desde el episodio de las chanclas y  si te veo no me acuerdo.

Decidí no darle más importancia a este asunto, hacerlo a un lado y seguir conviviendo, por mi hijo, por el suyo y así fue como llegué a la fiesta infantil más triste a la que he asistido. Lo que vino después de esta fiesta de cumpleaños fueron una serie de sucesos raros y tristes, como que su niño no se presentó al colegio por tres semanas y no hubo forma de localizarla porque los números telefónicos que  proporcionó al colegio y a las conocidas, como yo, ya no estaban habilitados. Nadie sabía dónde vivía y la otra madre del cole que unas cuantas veces la llevo a su casa dijo que en realidad siempre la dejaba en una esquina cualquiera porque era claro que ella quería la comodidad de ir en auto pero no quería que supieran su domicilio. Y a raiz de su reaparición vinieron una serie de explicaciones no pedidas, una más incongruente que la otra.

Llegué a mi límite cuando en una salida a visitar la casa de campo de otra madre del cole, nos fuimos varias en una camioneta, incluida Chocho Morenote. Era un viaje por carretra y su hijo se mareó y vomitó, como le puede suceder a cualquier niño, el asunto está en cómo reacciona la madre de vomitador. La Peroxido no se cortó un pelo y cuando llegamos  a nuestro destino se puso a limpiar el vómito ¡con la chaqueta de la dueña de la camioneta! Y ahi mismo dejó la chaqueta sucia. ¿Qué esperaban, que pidiera permiso en casa de la anfitriona para lavar lo que habia ensuciado? Pues no. Al finalizar el dia, cuando ya todas nos despediamos, otra chica y yo de verdad pensabamos que Chocho Morenote iba a llevarse la chaqueta a su casa para lavarla  y ofrecer disculpas. Pues no, se equivocan de nuevo. Agarró la chaqueta con vómitos y se la entregó a la dueña en su propia mano.

Y ustedes volveran a preguntarse, que responsabilidad tiene el niño de que la Peroxido sea una anormal. Pues si, ninguna. De la misma forma de que Croponio no es responsable de mis emociones o de que tome ansioliticos para no desbordarme yo sola.  Llegados a este punto, tendré que aceptar que, por lo menos  hasta ahora, Cronopio se  relaciona más con los hijos de aquellas madres con las que más simpatizo, con las que me siento más en confianza y, tambien,  con las que comparto ciertos valores basicos y digamos, hasta una forma de crianza, porque no me imagino conviviendo con una madre súper simpatica que me caiga de maravilla pero  que eduque a sus hijos con golpes o amenazas o que valore a las personas de acuerdo a lo sus pertenecias o al barrio donde viven, porque, tristemente, esos mismos valores son los que le enseñan a sus hijos.

No se trata solamente de escogerle los amigos a Cronopio; se trata también de que yo debo ser mas cuidadosa con aquellas madres con las que, por una razon u otra, decido relacionarme. Y aún así, andando a tientas, pensando que estoy siendo cuidadosa al elegir mis amistades, me equivoco garrafalmente y me topo con la reencarnación de Maria Montessori, pero ese ya es otro post.

Y ustedes,  ¿influyen de alguna manera en la elección de amistades que hacen sus hijos? ¿Acaso seré yo la mas delicada y borde y torpe y que se me dificulta relacionarme de forma simple con otras madres?

Seguro que muchas de ustedes han conocido a una Chocho Morenote en tu vida. Vamos, compartan su experiencia. Que tengan un día a toda madre, Laura

De cuando mi madre se salta los límites y brinca encima de mi cabeza

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Han pasado solo cinco días desde que mi madre llegó a nuestra casa y Cronopio ya me ha soltado varias  frases tipo mamá eres mala”, “mamá maldita” y, el más reciente, “mamá eres más mala que la carne de puerco”, expresión muy usada por mi madre y que ahora en boca de mi hijo no me ha causado ninguna gracia, sobre todo porque se refiere a mí. Yo, la peor de todas, ahora soy más mala que la carne de puerco.  Podría haberme dicho que soy una madre más pesada que la Cuaresma, pero no, soy mala.

No es la primera vez que Cronopio me dice que soy mala, sobre todo cuando no le cumplo alguno de sus caprichos, y seguiré siendo mala si se trata de ponerle límites. Lo que me encabrona es que a ojos de mi hijo, mi maldad se multiplica entre más tiempo pasa con su abuela. Y es lógico. Mi madre está todo el día jugando con él y cumpliéndole sus caprichos; se puede pasar todo el día al pendiente de la respiración del nieto, haciendo todo lo que éste le (pide) exige; es cierto que mi madre se puede pasar en día tumbada al suelo jugando con Cronopio como si los dos tuvieran la misma edad, pero por eso mismo, soy yo la mala-malísima que tiene que poner los límites,  mientras mi madre es la abuela maravilla.

El conflicto se detonó cuando Cronopio me puso al mismo nivel que la carne de puerco. Le hice notar las cosas que le enseña a mi hijo, aplicadas a mí. Mi madre no fue capaz de decirle al nieto “no le hables así a tu madre, respétala”. La abuela maravillas no pone límites, claro, para eso estoy yo y lo único que se le ocurrió decirme fue “regáñalo tu”. Claro, tu le enseñas las tonterías, yo lo tengo que reprender y ante los ojos de Cronopio tu sigues diáfana, mira que lista.

A este drama, ya intenso para esos momentos, hay que agregar que días antes le dijo a mi hijo en dos ocasiones frases relacionadas a que si Cronopio no hacía tal cosa, yo le iba a pegar, “tu mamá te va a dar… tu mamá te va a poner una friega”.  A la segunda vez que le oí este tipo de amenaza le dije que no debía hablarle así.

Y así ibamos en esta familia, in crescendo en el nivel de drama, con una misma situación que se repetía: limites, berrinches, cumplimiento de las órdenes y caprichos del nieto, drama, más límites , más berrinches, tiempo fuera, consecuencias, hasta que recapacité, pensando en que los limites debía ponérselos a mi madre, no a mi hijo.

( Y en el transfondo de todo eso está la defectuosa relación que siempre hemos tenido. Mi madre, una mujer muy trabajadora, que me dio todo lo que podía necesitar,pero que emocionalmente me dejo semi desnuda, nunca me dio el lugar que yo sentía merecer. Desde muy pequeña tuve la sensación y, en ocasiones la certeza,  de que mi madre no me quería tanto como nos hacen creer que una madre puede querer a una hija. Nunca he tenido ni la seguridad ni el sentimiento  de que mi madre me haya dado el lugar que merezco, o creí merecer en su vida.  Ahora de mayor y a base de ir acumulando experiencias decepcionantes, tengo la certeza de que mi madre se ha visto socialmente obligada a quererme; es decir, no muero de amor, no te quiero, es más, te estimo, pero vamos a suponer que te quiero, pero en realidad me cagas, me desesperas, no sé qué hacer contigo y sólo puedo establecer una relación real contigo basada en la falta de respeto.  Así fue durante muchos años la dinámica de la relación con mi madre. Cuantas veces le oí decir que la tenía harta. Y ya de adulta esto no cambio, más que cuando me vio en un hospital psiquiátrico y prácticamente exigí su ayuda, su presencia en mi vida y se quedó ahí unos años, movida por la culpa, hasta que ésta se le agotó.  Y no cesó en demostrar su poco aprecio a mi persona, hasta que se me dio la gana de ser absolutamente feliz y mandarla al carajo… pero ese es otro post). 

No nos engañemos: mi madre volvió a mi vida no por mí, sino por mi hijo, prácticamente su primer y único nieto.  Si no sabes o no tienes la capacidad de darme mi lugar frente a mi hijo, vamos mal. No basta con cuidar a mi hijo con esmero, jugar con el hasta el cansancio, si no me respetas a mi, la relación con mi hijo será difícil no sólo para nosotras, sino para Cronopio mismo. Porque mi madre se va a su casa, a su ciudad, y lo que me  deja es un niño caprichoso, exigente y grosero y que además, ya está empezando a hacer distinciones entre mamá mala y abuela buena. Como ya dije, ella cuida con esmero a mi hijo y eso a mí me aligera la carga de trabajo y puedo dedicarme 8 o 10 horas seguidas a hacer galletas sin preocupación alguna. Mi madre ya se ha jubilado y tiene tiempo y recursos para dedicárselos a mi hijo; desde aquí ella ya juega con ventaja, en tanto yo no puedo ni debo comprarle a Cronopio todo lo que se le antoje y necesito desarrollar mi propio negocio, no para mi  bien exclusivo, sino el de mi familia entera.

Hoy le he dicho a mi madre que sea impecable con las palabras que utiliza en sus juegos con mi hijo. Mi madre es un excelente ejemplar pasivo-agresivo. Sus mejores agresiones las dice en forma de broma y si te ofendes, no tienes sentido del humor. Para joder la vida, se apoya en lo que supuestamente dicen escritores y filósofos. Ósea, no soy yo quien te ofende. Eso lo ha dicho William Shakeaspeare. Mejor dicho, eso dice mi madre que dice Shakespeare, entonces enójate con él, no conmigo. Y a saber si en realidad esas palabras tan ofensivas las dijo Shakespeare o Platón.  Entonces ella queda libre de responsabilidad y además queda como la más culta entre las cultas.

Hoy le he dicho a mi madre que entienda mi situación. Que ella no puede ser la que cumpla caprichos al momento porque cuando llego yo a poner límites, yo soy la mala y en estos días a ojos de mi hijo debo ser la más mala de Malolandia. Y que eso no es justo para mí.  Y que no es justo que sea yo  la que ejecute la amenaza que ella lanza a Cronopio, de que su madre le va a pegar si no obedece. Debo ser hippy o muy moderna, o muy borde, pero esas amenazas me parecen un recurso muy bajo y es que en esta casa sencillamente no las usamos. Del mismo modo, le aclaré, no le permito a mi suegra que le diga a Cronopio  “te voy a dar azotes en el culo“, que será una frase muy común en España pero a mí me importa tres cojones y a mi hijo no le dices esas mierdas. Y es que para mi mamá toda esta verborrea pasivo- agresiva no son más que frases, así, sólo frases.

Hoy le he puesto límites a mi madre y ella no ha perdido la oportunidad de pasarme la factura de que cuida mucho de mi hijo,  justo como hacía antes para chantajearme diciéndome “yo te cuidé cuando tu depresión “, como si ambas cosas me crearan una deuda impagable con ella, que le da libertad para hacer lo que le da la gana.

Hoy le he puesto límites a mi madre y hoy mi madre me  ha lanzado la más baja de sus manipulaciones: la estoy humillando.  Lo que para mí es sanar la relación y evitar que se salga de control, para ella es una humillación; en resumidas cuentas, Cronopio tiene razón: soy más mala que la carne de puerco.

Nunca he dejado de reconocer lo mucho que cuida de Cronopio, le he dicho, pero asumir los límites como una humillación esa una opción que ella ha escogido, porque es la que mejor le acomoda.  Así se lo he hecho saber. Esa humillación de la que hablas es tu opción, solo eso. Me despedí de ella, bajé del auto y agradecí todos mis  años en Terapia  Gestalt.

(Dedicado a La Terrible Gina, con quien compartí los viernes  en nuestra entrañable Narvarte; por esas mañanas en las que me descomponía totalmente y, al mismo tiempo,comenzaba a armar un nuevo modelo de mujer)